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Pequeña historia

Pequeña historia

Petróleo maluco 

Era una casa rural que el padre y la madre de familia hicieron acogedora. Un caserío de tierra y polvo al principio. Casa de bloques, techo de cinc y de posterior cielo raso que apagó el estruendo que hacía la lluvia al precipitarse sobre el techo metálico. Era y debe seguirlo siendo un pueblo de aguaceros torrenciales y tormentas eléctricas que cruzaban la noche de centellazos y alumbramiento fugaz en medio de la oscuridad total porque el servicio eléctrico, como de costumbre, se había caído con la primera gota. Algunos de sus habitantes provenían de  viviendas de palafitos, de los llamados pueblos de agua de origen indígena posados sobre el oleaje de un lago inmenso y plateado otrora. Una casa de techo de dos aguas que tenía un pequeño jardín cultivado por manos hacendosas y que distinguía la vivienda con una fachada forestal. Estaban sembrados en la tierra y no en macetas, arbustos de los que llaman crotos con hojas de colores, un malabar oloroso y un árbol alto cuya fronda se llenaba de vivas flores amarillas. Fue un araguaney que debió estar allí desde siempre en la selva que lo había protegido de los vendavales frecuentes y que luego al quedar desnudo lo derribaron. Había un hogar fundado en aquella vivienda rural ampliada y hermoseada gracias a la repentina bonanza petrolera que permitió igual que todos los hijos estudiaran. Era una casa en el campo. Así era todo el país de entonces. Por eso había también allí, en el patio posterior, un gallinero, un palomar y un fino gallo de pelea que anduvo libre y picotero hasta cuando le torcieron el pescuezo por abusivo y -se cuenta en la familia- que hizo parte de la cena de ese día. Y otras matas…, un níspero macho que fructificó al fin, un naranjo plantado por el costado del patio donde se cazaba alacranes deslizando por el agujero de sus guaridas un hilo de coser que en el extremo llevaba adherida cera de chicle para que el arácnido mordiera  y se enganchara, y un mango elevado y coposo que daba buena sombra en la resolana ecuatorial de la región. Sabores de la flora tropical que se complementaba con otra mata de cañafístola del patio del tío vecino y que echaba en vainas sus frutos del lado de acá de la baranda de láminas de madera rústica, y otra de mamón cargada de hojas y frutos que los muchachos más grandes de la casa asaltaban sin riesgo por la ausencia casi permanente del vecino solterón que vivía al otro lado. Creció allí buena parte de ellos. Allí vivieron parte de su infancia y sus primeras ilusiones. Desde ese lugar vieron el crecimiento del país con el que crecieron. Y observaron también la desordenada expansión del pueblo y la prosperidad sin concierto del país donde vivían porque los gobernantes no hacían completo buen uso del dinero que proporcionaba la nueva riqueza. Fueron testigos de la inmigración itálica de los años 50 a un pueblo que se llama ciudad. También del tejido del país que se manifestaba en una mezcla que incluía chimbángueles de distracción inusitada y pasta italiana recién descubierta como platillo para la cena. Al igual que mandocas y quaker, fororo y panquecas como elementos de una mixtura culinaria que se abastecía de los comisariatos de las petroleras.  

¿Qué ha quedado de aquello?  

Apenas este recuerdo en un país sin memoria y que nadie o pocos se dedican a recopilar. Queda la desmemoria interesada de quienes no quieren mencionar sus culpas y no reconocen que el petróleo nos sacó de casi la barbarie a quienes personalmente lo supieron aprovechar. La descripción que se ha hecho es de hace mucho tiempo, de cuando a los policías de turno los llamaban serenos y el tendido eléctrico era sostenido con postes de madera curada; de cuando el inanimado petróleo empezó a dar todo lo que se le quiere negar, y extrajo el país de la miseria más profunda. Venezuela había sido inmediatamente antes uno de los países más pobres de Latinoamérica, sino el más pobre.  

La riqueza petrolera que no habla, no siente, no pregunta ni piensa, no puede responder para denunciar que es reduccionista afirmar que la población sólo ha recibido de sus migajas, pues “a los políticos no les resulta político” explicar la verdad: que los gobiernos no lo han sabido administrar, y son ellos quienes no han permitido que el llamado oro negro no lo haya sido plenamente para el beneficio de toda la población, debido a corrupción e implantación de erróneos sistemas de desarrollo que no le dieron plenitud benefactora al hidrocarburo.  

No les resulta político decirlo porque algunos responsables de que el petróleo no haya sido mejor administrado para el bienestar de toda la población, andan por allí todavía aspirando a seguir gobernando a través de Chávez o a empezar a gobernar con Rosales.  

Los políticos no terminan de comprender que las elecciones se ganan con el voto de electores que no dejan de observar cómo mienten con descaro y siguen aguardando por liderazgos mejores de ciudadanos más sinceros que terminen de contar quiénes son los verdaderos responsables del caos que vive el país. 

Manuel Bermúdez Romero 

La ilustración de este suelto periodístico es un altar artístico creado por el pintor Stanley Bermúdez Moros.

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3 comentarios

Manuel Bermudez Romero -

Me complacen sus comentarios. La crónica ofrece una pequeña prueba de que el petróleo nos sacó del foso. Y si bien no toda la población ha recibido su beneficio, ello ha sido responsabilidad de gobiernos y administradores que no se quiere mencionar, no de la riqueza misma ni de quienes la mayor parte del tiempo han gerenciado a Petróleos de Venezuela.
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Ñeta -

Que bueno leerte!! Mientras resulte político no decir la verdad, seguiremos inmersos en la absoluta miseria; pero todo es cuestión de conciencia...

Aida -

Hola Manuel,
!A esa familia la conozco yo!
me encanto el cuento.
Es una tristeza lo que ocurre
y sin muestras de esperanzas.
Porque la mentalidad no ha cambiado en absoluto.
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