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Sacúdete pueblo

Sacúdete pueblo

La pretensión de hacerse publicidad o promocionarse con el dolor ajeno es recurrente y más frecuente de lo que se pueda imaginar.  

Siempre aparece un insensato que quiere aprovecharse de la tragedia colectiva. Le parece una buena oportunidad exhibirse con algún elemento identificativo del aporte  que hace el grupo que directamente presta ayuda a los damnificados o desamparados.  

Se vivió tortuosamente en diciembre de 1999 cuando el diluvio de Vargas y  PDVSA divulgaba que, como colaboraba, ahora era más del pueblo. Tradicionalmente sus operadoras habían contribuido para aliviar calamidades públicas, sólo que no lo explotaba miserablemente como hoy. Es necesario tener muy poco sentido de la caridad para que a alguien se le meta en la cabeza la idea fija de hacerse publicidad a costa de 30 mil muertos. 

Que ese alguien entre montones de personas se presente y crea que “se la está comiendo” al proponerlo, entra dentro del rango de lo posible. Es decir, pasa y se puede dejar colar que haya un ser -uno solo- que razone como parásito en el estercolero y no palpe la inmisericordia de sacarle beneficio promocional a una tragedia. 

Lo que resulta desesperante es que se encuentren tantos cogidos a lazo en la sabana que a sabiendas de que es aberrante lo que se les propone, sigan la corriente porque el planteamiento proviene de un individuo que ocupa una posición muy alta en la pirámide laboral, social, partidista, gerencial o gubernamental y a sabiendas de que el de “la idea” tiene cerebro de alcornoque. 

Sin bien la obediencia en muchas circunstancias es una virtud, tiene un límite. Y la rebeldía es imperativa para rechazar frontalmente desatinos tan mayúsculos. Es muy riesgosa la presencia de tan grande cantidad de pendejos juntos, como recientemente ha empezado a recitar el guitarrista argentino Facundo Cabral en uno de sus cantos poéticos. 

Es peligrosísima para la mayoría la existencia de tantos obedientes chavecistas que siguen como ovejas a alguien a quien se le ocurre ganar ventajas promocionales con la miseria, la tragedia o el hambre de los desamparados. Sacúdanse, carajo, que no es la primera vez.

Manuel Bermúdez Romero

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