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Contextos

Luces y sombras

El frenazo repentino y en nuestras narices de un automóvil de la aurífera, nos sustrae bruscamente de la distracción decembrina.

            Somos dos criollos jóvenes que desde muchachos residimos en Tamare. Estamos en Navidad y nos sacude el frenazo porque sonó como un grito aterrador en la quietud habitual del vecindario donde habitamos.

Mi amigo Nicandro Santiesteban y yo nos hemos venido caminando desde el sector sur de Tamare, y nos dirigimos al norte envueltos en el vapor húmedo de una habitual noche tropical. Acabamos de atravesar la avenida principal del poblado y andamos a paso lento por una de las calles de acceso que nos lleva a la zona donde residimos. Vamos rumbo a casa de Nicandro en compañía de la soledad y del silencio de la noche que se perturba con el monocorde cric, cric, cric de los grillos, y en el preciso momento en que penetramos la calle con rumbo norte, nos cruzamos con la guachimanera que pasó a nuestro lado en su pausado recorrido de rutina.

            Llegamos a la casa de Nicandro. Allí un globo pardo y translucido de insectos voladores y taritas revolotea incesante la luminaria en lo alto del poste del alumbrado que está ubicado frente a su vivienda, una quinta amplia, uno de los varios modelos construidos por la aurífera Promisión para alojar a sus empleados de la nómina profesional.

Él entra a su casa, busca un tambor recortado de aficionado; regresa, y al echarse sobre el brocal, comienza a repicarlo suave para acoplarse con el ritmo de la música: una congoja reminiscente que reúne lo africano, español e indio de nuestro origen. Ensaya aires gaiteros que escuchamos a bajo volumen a través de un radio portátil. Estamos en esa diversión sencilla cuando nos estremece desde el asfalto el frenazo del auto en nuestra cara.

            Desciende del carro un norteamericano de la aurífera que sin preámbulos se nos viene encima y nos conmina a embarcarnos en el auto. Por algunos minutos le pedimos pacientes que nos explique por qué, pero no da motivos. Su desplante no cesa mientras resistimos a la provocación, y tomamos distancia de resguardo cuando vemos que se quiere abalanzar sobre nosotros. Temiendo una agresión del fornido yanqui, Nicandro cautelosamente preventivo ajusta su mano en el asa del tambor, y como veo el giro de disputa que toma la discusión, aunque se resiste, lo convenzo entre dientes de que...

–Si no tenemos nada qué temer, vayamos con el musiú.

Violentamente abre el gringo la portezuela del asiento trasero del sedan beige donde se moviliza, nos incorporamos al carro, cierra la puerta lanzándola con toda su fuerza y rechinando los cauchos arranca hacia la última calle en el límite norte del pueblo. Al poco se detiene de un frenazo enfrente a una casa donde la guachimanera está estacionada; abre la portezuela con arrebato para que bajemos y, en un idioma español volteado y sin darnos oportunidad de reaccionar, escuchamos cuando nos acusa de inmediato ante los funcionarios:

"Estos hombres ser robándome ropa".

            En ese instante una señora joven -la esposa del gringo- se asoma al vano de la puerta de la vivienda, observa por un segundo, parece que nos reconoce, y cuando quiere salir para expresarse, Tim Smith le grita "shut-up" y le revienta en el rostro la sólida puerta de madera.

            La actitud de Smith explica el por qué de una rumorada fama de bravucón que los jóvenes de Tamare le conocemos. Se dice, para más señas, que es pesao y fanfarrón.

            Nicandro y yo nos miramos y nos percatamos de la complicación en la que estamos… La vida de sometimiento del enclave en su cotidianidad está aquí evidente y nos impone su propia ley.

El guachimán de la aurífera y el policía municipal que hacen pareja de vigilancia nocturna se retiran con nosotros, nos conducen hasta la cabina de la camioneta pick up. Y aunque las calles están bien iluminadas, la noche se nos pone más negra,

En la escena están un montuno policía municipal con un revolvón negro de cañón largo ladeado en su funda del mismo color y que contrasta sobre el caqui de la vestimenta, y el “watchman” con su dorada chapa de sheriff ensartada en la camisa gris de uniforme y a la altura del pectoral izquierdo. Faltó solamente que nos juntasen con esposas para reproducir un cuadro de detención por parte de la autoridad instituida.

Por suerte, la calle está completamente solitaria. Todo parece paralizado, ni las hojas de los árboles se mecen. Al parecer no hay testigos de esta vergonzosa captura. Embarcados en la unidad, me adelanto con una pregunta ingenua:

 –Amigo, ¿para dónde vamos? Nosotros no tenemos nada que ver con lo que el gringo dice. Él puede...

 –Lo sabemos, interrumpió el guachimán. Estamos seguros de que ustedes no se robaron la ropa. En el recorrido los vimos entrando a esta parte del pueblo y luego cuando llegaban a la casa de tu amigo, e inmediatamente después pasamos en la ronda a la próxima calle y fue en ese momento cuando el gringo nos alertó sobre el robo.

El argumento del norteamericano para señalarnos ante la policía son las franelas roja y blanca que llevamos Nicandro y yo. Supuestamente coinciden los colores con las de los vándalos que vio en el patio de su casa cuando arrancaban la ropa del tendedero: uno más alto y otro más bajo, le había declarado con antelación a la vigilancia. El de la franela roja es más bajo que el de la franela blanca y, casualmente, Nicandro, que viste la roja, es más bajo que yo, que llevo una blanca.

            –Ustedes no pueden haber sido, rezonga el guachimán para serenarnos.

Y explica:

–Cuando llegamos a su casa, el gringo aseguró que el hurto había ocurrido pocos minutos antes. Y a ustedes acabábamos de verlos entrar en la casa de él, y el funcionario señaló a Nicandro con un gesto.

            Por las desiertas calles adyacentes la camioneta policial da unas vueltas de recorrida y hace tiempo para observar si el denunciante permanece en su casa. Después nos alejamos y la patrulla toma un rumbo que nos indica, sin que quede duda, que vamos en dirección de la avenida de salida de Tamare, y entonces pregunto ansioso:

–¿Adónde vamos?

–A la comandancia policial en Ciudad Ojeda.

–¿Pero y a qué a la comandancia?

–A llenar el procedimiento.

–¿Cuál procedimiento? ¿No están convencidos de que nosotros no somos los ladrones?

–Es el procedimiento de rutina.

–¿De rutina...? Con ese procedimiento nos van a reseñar -le digo convencido.

–En verdad no sé. No conocemos el detalle legal de estas cosas -responde con desgano el agente.

–¡Qué vainón nos ha echado este gringo! -salta repentinamente Nicandro, quien ha estado todo este rato en silencio.

Por abatimiento Nicandro ha permanecido callado y presumo que lo atezan sus peores pensamientos. Caigo en cuenta por el tono quejumbroso de su intervención de que el chasco para él -siendo hijo de un trabajador de la aurífera- es más serio que para mí, vástago de un carpintero que no tiene relación directa con esa empresa poderosa.

Algunos robos han ocurrido por el sector con anterioridad y son realidades que -estamos sufriéndolo- influyen en la fórmula inapelable del trámite policial que para proceder sin demora ha sido instruido a funcionarios de autonomía limitada. Obedecen órdenes y se escudan en la manoseada excusa de que siguen un procedimiento.

–Nojodaa. ¡Ves Isolino!, me espeta Nicandro importándole poco que vayamos junto a los policías, te dije que no nos subiéramos al carro con el gringo, y tú siempre normativo y recto. No hemos hecho nada, pero al musiú le sale de sus tripas decir que sí.

Nicandro se recoge de seguidas sobre sí, se enconcha como un caracol y parece regresar a la pesadumbre, mas se yergue de nuevo y añade lapidario:

–Es a él, óyeme bien, es a él a quien le van a creer en la jefatura, porque detrás de Smith está el poder de la aurífera y ellos se comunican por arriba con los jefes policiales. ¿De qué carajo sirve tu honestidad de pendejo? -me recrimina alzándome la voz y girando su cara para enfrentárseme también con la mirada en la penumbra del temor a lo incierto dentro del estrecho espacio de la cabina de la camioneta. Vamos en dirección de lo imprevisible. Esa es la verdadera ruta que lleva la unidad policial.

Y como en proyecciones de un cinematógrafo, Nicandro, el hijo mayor del matrimonio Santiesteban, ve en las profundidades de su pensamiento imágenes de su abuelo paterno, rudo y cariñoso a la vez, en la playa de su pueblo del oriente al regreso de la faena pesquera de oficio; recuerda los tibios caseríos mellizos Palmares y Puertecitas en la costa extensa, abierta, arenosa, soleada y libre que tiene detrás de telón la espesura vegetal de la falda de una montaña verde, casi prístina, que quiere adueñarse del mar y donde los árboles frutales del trópico son colosales y silvestres. Ve, igualmente, a su madre hacendosa de raíces aborígenes en un caney cuya techumbre está fabricada en una urdimbre de palma real, zumbándole duro con el mazo a siete plátanos jechos que aplasta contra el fondo rugoso del pilón para lograr la textura que busca en la masa y que deriva de cada jalón que le da a la porra que maja los ingredientes para alimentar a sus hijos con el mazacote elaborado con la musácea y acompañar al pescado tostadito por la fritura; evoca el avance profesional con esfuerzo madrugador que para la aurífera realiza su padre campechano; allí, desde obrero del más bajo escalafón, ha llegado a ser miembro del personal de confianza después de estudios nocturnos en la escuela técnica industrial; escucha el canto mañanero de los quiriquires como augurio de éxito; vive la formalidad inusitada de su buena escuela de pulido aseo y techo de platabanda sin filtraciones, ubicada en el campamento de la aurífera oriental donde después residió y -por último- disfruta de veras del largo viaje auspicioso por tierra al occidente con sus padres y sus hermanos para mejor, porque es allí donde está alojada la futura explotación del oro…

Nicandro José Santiesteban Ledezma, CI: 3786334, 19 años de edad, soltero, estudiante, natural de Cayoso, estado Bermúdez; 1,65 de estatura, tez morena, contextura fuerte, pelo negro lacio, ojos negros. Sin señales particulares. Nota: Hijo de un técnico mecánico de la aurífera Promisión. Cargo: Sustracción de ropa de una casa del vecindario en el sector norte, en Tamare.

Isolino Andrés Ríofino Salcedo, CI: 4666381, 18 años de edad, soltero, estudiante, natural de Ciudad Ojeda, estado Urdaneta; 1,80 de estatura, tez trigueña, contextura delgada, pelo castaño lacio, calvicie prematura, ojos pardos. Sin señales particulares. Nota: Su padre es carpintero de oficio y comerciante diverso. Cargo: Sustracción de ropa de una casa del vecindario en el sector norte, en Tamare.

La reseña policial nos ha sido hecha. Ahora tenemos prontuario. Estuvimos encalabozados por dos días en la comandancia mientras se adelantan presuntas averiguaciones que se levantan con los aportes de un solo testigo y acusador a la vez y nos implican.

Ambos salimos libres por gestión de los abogados de las dos familias, pero al papá de Nicandro le anuncian en la aurífera que rescinden de sus servicios, puesto que “la empresa no permite mantener en la nómina a trabajadores que sean padres de hijos incursos en delitos cometidos contra su personal o sus propiedades” -reza textualmente parte de la norma escrita por la oficina de prevención de la empresa.

La decisión irrevocable de Promisión nos golpea fuertemente en el espíritu y nos pulveriza el ánimo con la certeza de que estamos manchados para siempre. El poder omnímodo de la aurífera nos ha dañado el buen nombre y el de nuestras familias. El cuchillazo de una afilada navaja de injusticia nos estalla un coraje que nos tragamos impotentes mientras estuvimos encerrados en las celdas.

La vida laboral de veintidós años de probadas constancias y responsabilidad del papá de Nicandro se ha venido en pocos minutos al piso por la mala fe de un extranjero atrabiliario.

Los recuerdos de Nicandro van y vienen como el oleaje espumoso de la playa caldeada de su añoranza y matizante de su frustración; rincón costero y de un delta de la geografía nacional que está curtido naturalmente por el ocre del sedimento milenario que trae la desembocadura de un río padre y de donde ahora piensa que su familia no ha debido salir nunca. La evocación le ha dejado un residuo amargo de tristeza y pesar. Es un sentimiento de culpa y la impresión catastrófica de que todo se ha acabado. Los dos nos sentimos como gavilanes que no pueden sacar las garras.

Peor que la existencia de los antecedentes policiales que se nos crean, es que nadie en el vecindario confía en las explicaciones que nos sonsacan con preguntas maliciosas los lengualarga y, sobre todo, debido a la coincidencia del color de las franelas y su posesión según la estatura de cada uno.

La hipócrita comunidad vecinal simula un pesar. Solamente las madres -nuestras madres- que saben perfectamente de lo que son capaces sus hijos, aceptan la verdad que explicamos. Nomás Nicandro y yo sabemos que somos enteramente inocentes. Pero es tan maliciosa la gente… eternamente pendiente de hacer la maldad… Habiendo vivido nosotros esta experiencia, comprendemos por qué se afirma que “el perro es el mejor amigo del hombre”.

Aparte del escándalo que se originó y de la comadrería ¡qué me importa lo que digan!, me mortifica más que Nicandro se ha prometido vengarse y no haya podido disuadirlo de cualquier locura.

–Te aseguro que a ese gringo lo voy a joder. Tim Smith me la pagará. Ha provocado que mi familia quede en la calle y que mamá ahora viva en un permanente soponcio. Imagínate, somos nueve hermanos, seis todavía niños -con un nudo en la garganta y cogiendo aire para no sollozar, se lo prometió Nicandro con arrestos por esos días.

He logrado, sin embargo, acordar con él durante el proceso judicial lo siguiente:

Sabedores de cómo se deleita la vecindad con nuestro escarnio, estuvimos de acuerdo en evitar expresar en público nada contra el norteamericano y su aura gris. En primer lugar porque parecerá que lo hacemos para justificar nuestra presunta fechoría y, en segundo, porque no tenemos manera de demostrarlo, sino puramente la voz del rumor que lo califica como un sujeto perreroso. Ni siquiera ante la autoridad hablaríamos de los malos hábitos de Smith. Y los abogados consintieron en que ciertamente el punto no es un argumento suficiente para defendernos. Acordamos, en fin, mantenernos en el cuadro del alegato de nuestra inocencia sin aludir los vicios del inmigrante.

En beneficio de nuestra salud psíquica -la mente positiva funciona si se le procura-, a Nicandro y a mí nos convino persuadirnos de que aquella noche del robo, al menos la esposa de Smith quiso salir a favorecernos, pues ella debe tener conciencia de que nos ha visto y sabe quiénes somos los dos sobre los que se ha plantado la acusación de la sustracción de la ropa. Nos conoce de vernos con alguna frecuencia y de saludarnos mutuamente en el transcurrir de circunstancia por el parque norte de Tamare cuando solía pasear en coche a su hijo más pequeño. Nos conoce por el hilo tenue e inescrutable del aprecio fundado no necesariamente en la verificación de la raíz de las personas, puesto que no debe saber con detalle nada de nosotros, ni siquiera nuestros nombres, sino solamente que nos hallamos entre los miembros del grupo de jóvenes que se acerca por allí por el parque en camino para ir a jugar a la pelota en el estadio adyacente.

            Después de todo este penoso acontecimiento, por largo tiempo no supe más de Nicandro Santiesteban ni de los suyos, tampoco de la familia Smith.

Los Santiesteban se habían mudado de Tamare a Sabana Chiquita por la amenaza de desalojo inminente que les comunicó la aurífera y que pendía sobre sus cabezas luego de la liquidación del jefe de la familia. De aquel excelente amigo me había quedado el sabor ácido de esta experiencia y también el dobladillo de un papelito arrugado donde estaba su número telefónico garrapateado y borroso debido al desgaste ocasionado por el paso largo de los meses.

De mi parte, el peso de plomo de la faz de ladronzuelo que arrastro me alejó del religioso juego diario de pelota al atardecer en el estadio del sector norte de Tamare y me enclaustró en la lectura de libros, aislamiento que no me había permitido percatarme de que también la familia Smith se había marchado a Sabana Chiquita. Me enteré de sopetón el día en que una destacada foto de cuerpo entero de Smith, tirado sobre la acera de enfrente de su casa, ensangrentaba la página de sucesos del diario La Prensa.

            Lo habían asesinado. Lo agujerearon a tiros en el pórtico de la alta baranda de adobes construida para dar seguridad a su residencia, establecida en una de las urbanizaciones del norte de Sabana Chiquita.

¡Coño!, me dije, Nicandro llevó a cabo su sentencia, mientras me puse a recordar una a una sus expresiones prometiéndose venganza, y entonces busqué corriendo el papelito y telefoneé a los Santiesteban.

            –No seas insensato, Isolino, no tengo nada que ver con ese asesinato -me retrucó  Nicandro y alivió mi temor.

–Es que como te vi tan seguro entonces de que te vengarías -me excusé.

–Aquellas fueron rabias del momento, reconvino, que lo llevan a uno a decir estupideces. Sabes bien que no soy hombre de asesinar a nadie. Me había olvidado de todo, ni siquiera me ocupé de desearle el mal. Se lo dejé a Dios, y ¡fíjate en lo que pasó! Y con el decir no pretendo significar que bailo una conga porque lo mataron, lo que te quiero asegurar es que no cultivo rencores. Son los desquites los que provocan las peores calamidades… “Créeme que nunca deseé su muerte”.

Con los días y la investigación policial se conoce algún detalle. A Tim Smith aparentemente lo había tiroteado un sicario que fue contactado por alguno de sus enemigos. Sus pendencias y enemistades empiezan a emerger y los periodistas las hacen públicas. Esos pedacitos de verdad empiezan a confirmar lo que hemos declarado y presumimos que nos exculpan.

No obstante, el regusto por la sospecha sin fundamento resurge entre los vecinos de Tamare y la hablachentería renueva la mirada acusadora sobre nosotros.

Mujeres de velo negro, maduras y jóvenes beatas que presumen que practicar la religión consiste en asistir a misa dominical y adorar íconos, olvidan el octavo mandamiento, nos retiran la palabra y simulan desconocernos o abiertamente nos sacan el cuerpo cuando nos ven.

La imprudencia conduce a la insensatez a familiares políticos de ambos, quienes por la inquina le echan un borrón a la conducta nuestra que conocen y de la que diariamente han sido testigos desde hace poco menos de diecinueve años, y reniegan de nosotros. Dan más fe a la voz ajena que a las realidades que con sus propios ojos tienen probadas, y se acercaron al entorno del acusador para escarbar e intentar la majadería de confirmar delitos que no hemos cometido. Fueron indagaciones sinuosas que dejaron a Tim Smith más convencido de que efectivamente sí habíamos sido nosotros los ladrones de su ropa, puesto que si miembros de la propia casa tenían dudas, pues parecía obvio que alguna mala historia habría sido conocida en la intimidad del grupo de parientes.

Hay algunos malévolos que en la chismografía que tejen por los días posteriores a nuestro cautiverio en la cárcel de Ciudad Ojeda, aseguran habernos visto robando por los fondos de otros patios. Llegan a la invención de asegurar que andamos armados. ¡Armado yo!, que en mi vida ni hondas para matar perdices he usado, que ni una escopeta de aire tengo -me digo con náusea por el malestar que me provoca la befa.

Los rumores afilados cesan en alguna forma solamente cuando se determina que el indicio policial más confiable recae sobre otra persona…. Sí…, el indiciado es otra persona. La gente empero, los amigos de los verdaderos amigos, los vecinos de los vecinos de verdad o disfrutan el acontecimiento o continúan convencidos de que hemos sido nosotros los ladrones y, ahora también, los presuntos asesinos del acusador. Lo gozan tanto que se resisten a asimilar la verdad contundente que los resultados de la investigación policial están mostrando. Mas el tiempo camina y absuelve o condena, y el asunto clave en este hecho es que la pista de los detectives ha ido en una dirección distinta; casi todos los recaudos de la investigación apuntan a otras personas...

Por una filtración se supo luego que el señalamiento de sospecha sorpresivamente recae sobre una mujer. Una señora que según un posterior parte policial que reprodujo La Prensa, se había marchado al Perú poco tiempo antes del asesinato.

Y no sé qué ha pensado ni qué ha hecho Nicandro al enterarse de la firme culpabilidad de otro en el caso, estoy por llamarlo, pero yo, por alguna respuesta inconsciente, cuando lo supe, me lavé las manos como un sonámbulo y lo hice parsimonioso. Me las enjaboné largamente como hacen los médicos. Me las limpié desde los antebrazos hasta la punta de los dedos y me las sequé suavemente primero y, luego, con más presión como para dejármelas bien pulcras. Estuve después, al concluir con el lavado, mirándome un rato el rostro frente al espejo en la sala de baño y me pareció que sufría cambios inmediatos en mis facciones, que recuperaba el color del semblante, que se había restituido mi rasgo juvenil. Me peiné y sentí que el cabello que se me había puesto rebelde por los temporales, se acoplaba y cedía al paso de los dientes del peine. Me hablé a mí mismo con el espejo, me sobrepuse y me di ánimos. Caminé expansivo por todos los espacios de mi hogar cogiendo aire, inhalándolo, y de frente al inmenso ventanal que va desde el techo al piso y que hace de fondo al garaje de mi casa, miré a la calle, observé con los ojos más abiertos que nunca, vi profundo, más allá de la vivienda contigua en la otra acera, y por entre la fronda de sus árboles escudriñé con mis ojos al fondo el sendero alineado de las casas de tejas de una de las calles de Tamare por donde desde hace tiempo no he querido pasar para evitar las miradas curiosas de las muchachas vecinas, y entonces decidí salir a caminar por todos los alrededores con mi cara en alto. Había recuperado mi honra y mi felicidad. La verdad me había sustraído de la humillación. El cielo azulísimo y límpido del trópico era otra vez un regalo de Dios.

La culpable del crimen es una señora frágil y delicada como una tortolita. Es morena tenue de una maravillosa sonrisa espontánea, dientes blancos perfectos y parejísimos, cabello negro y lacio cortado a lo varón y -según las voces buenas de Tamare- un alma de Dios crucificada.

En nosotros dos ha dejado esta señora una perplejidad que allana espacio en nuestros pensamientos, puesto que pareció siempre, y debe serlo, una mujer de buenos sentimientos, y es el elemento por el que la versión policial, aunque nos salva, nos inquieta porque a ella la castiga.

Su confesión ha reinstalado en nosotros la cálida presencia interior de su presumible humanidad de madre, y se lo agradeceremos eternamente porque tomó venganza y sin proponérselo hizo justicia en nuestro nombre y nos  retorna a la vida.

La esposa del gringo, Áncora Aguilar de Smith, la misma que la noche del robo quiso socorrernos porque sabía que no éramos los ladrones, fue quien cansada de vejámenes pagó para que lo mataran.

Manuel Bermúdez Romero

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2 comentarios

Manuel Bermudez Romero -

Gracias Aida. Es un cuento sociológico y sin escándalo ni rebuscamientos ofrece un perfil de uno de nuestros peores ragos sociales. Me contenta que te haya gustado.
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Aida. -

Excelente Manuel. Te felicito. Ademas me trae
recuerdos de Tamare y los sucesos de aquella epoca.
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