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La verdad sobre el marxismo

La verdad sobre el marxismo

 

El papa Benedicto XVI, en su Carta Encíclica Spe Salvi (Salvados en esperanza), habla en forma muy clara y sucinta sobre la historia del marxismo y sus principios fundamentales.

Explica cómo en el siglo XIX se había creado una situación tan grave, con la clase de los trabajadores de la industria y el así llamado «proletariado industrial», que no podía continuar. Por eso, se esperaba un salto revolucionario. Karl Marx (1818-1883) recogió la llamada del momento y lideró este gran paso de la historia, con el que pensaba inaugurar el “reino de Dios” en la tierra.

Dice el sumo pontífice: “Marx, en sus obras, describió la situación de su tiempo e ilustró con mucha precisión los caminos hacia la revolución, no sólo teóricamente, sino que, a través del partido comunista, nacido del manifiesto de 1848, inició concretamente la revolución. Su promesa, gracias a la agudeza de sus análisis y a la clara indicación de los instrumentos para el cambio radical, fascinó y fascina todavía hoy a mucha gente”.

“Sin embargo, con su victoria se manifestó, asimismo, el error fundamental de Marx. Él indicó con exactitud cómo lograr el cambio total de la situación, pero no nos dijo cómo proceder después. Suponía, simplemente, que, con la expropiación de la clase dominante, con la caída del poder político y con la socialización de los medios de producción, se establecería la “Nueva Jerusalén”. En tal caso, se anularían todas las contradicciones. Por fin, el hombre y el mundo verían claramente cómo proceder por el recto camino, porque todo pertenecería a todos y todos querrían lo mejor, unos para otros”.

“Su error de fondo radica en que olvidó que el hombre es siempre hombre. Más aun, lo olvidó a él y a su libertad. Además, desconoció que la libertad es siempre libertad, incluso para el mal. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría resuelto. Su verdadero error se encuentra en el materialismo: en efecto, el hombre no es sólo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo sólo desde fuera, creando condiciones económicas favorables”. (cf. Encíclica Spe Salvi, nro. 20-21).

Así, pues, según el pensamiento marxista, pareciera que lo único que aliena al hombre y lo hace sufrir es la realidad socioeconómica, o sea, que no gana mucho dinero o, mejor, que lo que gana con su trabajo se lo queda mayormente la empresa. Esto es verdad, pero no lo es todo. Existen en el hombre sufrimientos de tipo espiritual mucho más importantes.

Sobre eso hay una catequesis en el Evangelio: Un hombre se acercó a Jesús y le pidió: “Di a mi hermano que reparta la herencia conmigo”. Jesús le respondió: ¿Quién me ha constituido repartidor entre ustedes? Y agregó: “Guárdense de toda codicia, porque no está la vida asegurada en la abundancia de los bienes”. (Lc 12, 13-15).

Jesucristo va al fondo de la cuestión y les señala a los dos hermanos que ambos están equivocados: uno porque le ha quitado la herencia y el otro porque lo ha denunciado públicamente; pero, más grave aun, porque creen que la vida les viene de las riquezas. De seguida, les narra lo siguiente: Un hombre rico trabajó mucho y ganó mucho dinero, y al final se dijo: “Ahora sí que voy a descansar, a comer y a banquetear”. Entonces, Dios le replica: “¡Necio! Esta misma noche morirás”. Y continúa Jesús: “Así le pasará al que atesora riquezas para sí y no se enriquece en orden a Dios”. (cf. Lc 12, 19-21).

      Por consiguiente, la Iglesia nos enseña que lo que, en realidad, oprime al hombre y lo hace sufrir es el pecado, el haber roto con Dios, el haber aceptado la catequesis del Maligno que afirma: Dios no te quiere, Dios no existe, haz lo que quieras. No obstante, al cortar con Dios, a quien le debe la vida, el hombre experimenta la muerte óntica, la muerte del ser. Por esa razón, desde ese momento, tiene miedo a la muerte, empieza a buscar la vida e intenta vivir acumulando muchos bienes, porque eso le da prestigio y le asegura el ser amado.

La Buena Noticia es que Jesucristo, muerto y resucitado, ha venido para perdonar los pecados del hombre y para sacarlo de esta condición de esclavitud, de esta muerte que lo atenaza. Al respecto, pregona la Escritura: “Jesucristo compartió con nosotros la carne y la sangre para reducir a la impotencia mediante su muerte al que tenía el dominio sobre la muerte, es decir, al diablo, y liberar a los que, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud.” (Heb 2, 14s). 

Sabemos que la aplicación del socialismo-marxismo en cualquier parte del mundo, en lugar de crear un mundo sano, ha dejado tras de sí miseria, no sólo económica sino también espiritual, ya que se les ha cerrado el cielo a muchas personas, se les ha quitado el alma, porque el marxismo pregona que no existe Dios ni el alma ni la otra vida. En consecuencia, esa gente vive ahora sin esperanza y sin respuesta a los interrogantes de la vida.

En cambio, la Iglesia nos enseña que, por medio de la fe en el Hijo de Dios, que nos ha amado y nos sigue amando gratis, por gracia, “hasta el extremo” (cf. Jn 13,1), es posible que nuestro corazón cambie y lleguemos a ser “hombres nuevos” en el Espíritu, para alumbrar un mundo diferente de paz y de justicia.

De hecho, en la Iglesia se visualiza esa posibilidad, pues ella es un cuerpo, una comunidad compuesta por toda clase de hombres y mujeres quienes, por el poder de Cristo, se aman en la dimensión de la cruz, hasta dar la vida por el otro. Nos referimos a la Iglesia viva, guiada por el Espíritu Santo, que tiene como misión ser sal, luz y fermento del mundo, como un servicio a la humanidad, para que todas las naciones conozcan la verdad y se salven.

 

Nerio José Méndez

Catequista

 

 

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