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Por única vez, San Felipe

Por única vez, San Felipe

 

Si acaso por horas estuve una vez en San Felipe. ¿Y qué recuerdo?

Un pueblo limpio, aparentemente próspero como resultado de la actividad agrícola. Plantado al lado de un cerro -Chimborazo, así se llama- inmensamente ancho que al mirarlo da la impresión de que se le viene a uno encima.

La magnitud del cerro al lado del poblado me ha hecho siempre pensar en una foto captada desde alturas satelitales donde podría verse San Felipe como un puntito blanco al lado de una voluminosa masa verde que lo arropa.

Escribo este tema de pura memoria y puedo decir que no se me ha olvidado entre un ramaje y desprendido desde esa montaña, la vista del Yurubí al pasar.

El Yurubí es un pequeño río que transcurre vecino del pueblo y que cuando lo miré “como un paisaje visto del tren cuando se va de viaje”, me pareció de aguas limpias y cerro adentro prometedor de la diversidad vegetal del trópico.

Quizá sobre ese río he imaginado mucho más de lo que realmente es como caudal. Y es debido a que antes conocí la canción Mi lindo Yurubí románticamente criolla que lo alude y seguramente me creó una visión ilusoria de ese paraje bajo la influencia de las subjetividades que motivaron al  creador que le puso la letra a esa pieza.

 

Oh lindo Yurubí / con el alma te quiero /las horas felices / que en ti las pasaba / de las aguas claras / tú eres el primero / oh San Felipe hermoso / eres mi tierra amada.

 

De una mirada

 

Fui a San Felipe por esa única vez convidado por una amiga que me mostró rápidamente lo que mejor pudo:

El ingreso por una arcada entonces pintada de blanco que da paso al espacio que se llamó San Felipe El Fuerte y donde apenas queda, entre unos coposos árboles, un retazo de la ruina de alguna edificación de lo que fue la primera población que allí fundaron los españoles y fue destruida en 1812 por un terremoto; el liceo Arístides Rojas donde estudió bachillerato, la fachada del colegio privado Fray Luis Amigó, el monumento en recuerdo del indio Yara, la sede de la Gobernación, y algunas avenidas de trecho corto de las que ahora no recuerdo nombre, pero que entonces, hace ya un poquito más de cuarenta años, aligeraban el tránsito en un poblado que -imagino que a honra de sus habitantes- lucía campesino y era dominio colectivo de un modesto empresariado agrícola que al visitante lucía activo y emprendedor por los signos de crecimiento que se veían al paso del carro de mi amiga.

La capital del Yaracuy me pareció una anchurosa parcela llena de vegetación por cuyo espacio feraz competían casas, calles, patios sembrados, avenidas y comercios, y donde los árboles no  causaban ningún estorbo.

 

Reposo en el alma

 

Me atrajo por esas pocas horas, además del gesto amable de mi amiga al invitarme a visitar su hogar y el pueblo donde había vivido su niñez y adolescencia, encontrar que allí se me mostraba espléndidamente lo que tanto ha querido mi alma: la tranquilidad, el reposo, la ternura celestial de un solar sombreado, una casa agradablemente cómoda dotada de una terraza que mira hacia un terreno plantado de frutales que se complementa  con la fraternidad espontánea de nuestra gente de provincia.

El escenario interior del patio de esa casa donde doy recreo a San Felipe, me recordó Machiques, población ganadera de tradición donde nació mi madre. Localidad zuliana también abrazada de una montaña, la Sierra de Perijá, que hace límite con Colombia, así como el terreno arborizado de una vivienda colonial de alguno de los antepasados de mi madre y donde siendo yo un niño nos acogieron alguna vez después de un viaje por tierra que me pareció largo y que fue de un extremo a otro de la Cuenca del Lago de Maracaibo.

Tanto he apreciado la vida sencilla del campo que mucho después pensé en conjunto con un amigo fallecido, comprar unas tierras en los alrededores de San Felipe para dedicarlas a la agricultura y quedarnos a residir en la población con nuestras familias.

Fue otro ensueño en el que mi amigo persistió hasta cuando se fue de este mundo, pero yo no. El carácter de mi profesión no me iba a conducir nunca a esa región ni a San Felipe, e inevitablemente las realidades terminan imponiéndose. Sobre todo cuando no se actúa por libre albedrío, sino que se tiene mujer y familia y democráticamente se respeta gustos y deseos más compatibles con lo que llaman buscar nuevos horizontes.

 

Cuidando el recuerdo

 

He pasado varias otras veces por frente a San Felipe rumbo a Caracas, y para intentar adivinarle sus interioridades siempre volteo a mirar lo que pueda ver del pueblo y del cerro en el telón de fondo. Y también evoco en esa atmósfera a mi amiga y su familia.

He querido entrar, pero las horas que pasan veloces pocas veces nos dejan tiempo o nos dan la calma para recorrer y ver. Aunque creo más bien que la verdad es que no lo he penetrado por el temor a encontrarlo distinto o desbaratado; a sentir que ha dejado de tener el atractivo que antes le aprecié. Es decir, hallarme con un poblado que no es el que conocí. Entonces prefiero recordarlo agradable como se mantiene en mi pensamiento.

He preferido conservar con estas letras el recuerdo vivo que llevo conmigo de esa única visita. La nítida casa de la familia de mi amiga, la incomparable simpatía de ella, la amabilidad distante de su mamá y la umbría del patio sembrado de la casa de su Dulce hermana. 

Creo -más todavía- que conservar esta memoria que con los años se me puede ir escapando, me resulta emocionalmente reconfortante, pues sirve para transferir a otros el recuerdo intacto de un país que hemos perdido y ha estado poblado de gente buena como la que forma parte de esta evocación que integra el sentir telúrico y humano de mi amor por Venezuela.

 

Manuel Bermúdez Romero

 

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2 comentarios

Manuel Bermúdez Romero -

Estimado señor Gallo:

Me contenta que así sea, y que incluso haya mejorado San Felipe.

En la próxima oportunidad entraré para visitar ese parque que me indica e ir quizá a alguno de los resturantes.

Imagino que usted es algún habitante interesado sinceramente en el progreso de la región.

Continúen ustedes haciendo lo que mejor puedan por la capital yaracuyana. Al hacer la diferencia con el resto de las ciudades, la tornarán cada vez más atractiva al visitante e indispensable en la programación de la actividad turística centro occidental.

Por lo demás, tengo el gusto de poner a la orden del progreso del Yaracuy, este muy modesto medio de comunicación digital.

Atentamente
Manuel Bermúdez Romero

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javier gallo -

Estimado amigo qiero expresarle que la Ciudad de San Felipe aun guarda mucho de los recuerdos que ud expresa en su escrito. Continua siendo una ciudad apacible, limpia, bien mantenida para los parámetros de las ciudades venezolanas. Es usted bienvenido, en la proxima oportunidad no dude visitarla, posee buenos restaurante, hoteles y unas posadas maravillosas, además puede visitar el Parque de la Exotica Flora Tropical, hoy dia el mejor parque en su estilo de latinoamerica, con mas de quinientas especies de flores tropicales que además cuenta con un exelente hotel 5 estrellas, museo restaurantes etc.
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