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A timbrazos el cine llama

A timbrazos el cine llama

Viejo, Nuevo e Iris fueron los nombres de los primeros cines que tuvo Ciudad Ojeda.

            El cine, oficialmente inaugurado como espectáculo en París el 28 de diciembre de 1895 y mucho después diversificado en sus formas de proyección por la presencia de la televisión, el betamax, los diversos sistemas domésticos de video, y ahora en el siglo XXI reimpulsado en la gran pantalla, dio lugar en Ciudad Ojeda a la existencia simultánea de las tres nombradas salas de cine.

            A la primera popularmente se le llamó “Cine Viejo", inaugurado en 1948 con el nombre de Cine Ojeda, pero terminó denominándosele Viejo cuando en los alrededores de la plaza Bolívar se construyó otro al que se le bautizó Cine Nuevo. Fue por los años cuando todavía se continuaban proyectando solamente películas blanco y negro.

            Estaba el Ojeda situado en la esquina de la calle Sucre con la Manrique, frente a la bodega de “El Gocho” Molina, y fue al principio un corralón de madera donde, como no había butacas, cada quien cargaba con su silla plegable o su taburete para ver, por valor de bolívares real y medio y cuartillo, producciones cinematográficas mexicanas y argentinas que competían con la ya poderosa cinematografía  hollywoodense.

            Propicio es referir como dato histórico que un año y un mes después de que al cine se le declaró espectáculo, en Venezuela se le vio por primera vez. Fue el 28 de enero de 1897 en el Teatro Baralt, Maracaibo.

Los asistentes vieron ese día los dos primeros filmes de factura nacional titulados “Célebre especialista sacando muelas en el Gran Hotel Europa”, y “Muchachos bañándose en la laguna de Maracaibo”, atribuidas al realizador Manuel Trujillo Durán.

 

El cine en su furor local

 

            En los primeros tiempos el llamado para que se asistiera a la película, es decir, la invitación pública para que se concurriera, se hacía en el Cine Ojeda activando un sonoro timbre que estaba ubicado detrás de la pantalla y pulsaba un joven de nombre Ángel López y apodado “El Loco”, quien en pago por la pequeña labor recibía cada noche la entrada gratis para ver la cinta.

            El techo del cine era de cinc, cubría menos de media sala y lo soportaba una estructura de madera que incluía el piso. Después se levantó en mampostería, construcción que supervisó Jesús Cadremí, hermano de Carlos Cadremí, el primer presidente que tuvo la junta comunal de Ciudad Ojeda. De fachada de cierta redondez como la de algunos de los más famosos cines de entonces, las películas se veían a la luz de la luna y bajo el soporífero calor de la región.

Su propietario fue Blanco Blanco, esos eran su nombre y apellido, a quien se le recuerda con gratitud porque trajo diversión a la noche de los “ojedeños” -ahora al gentilicio local se le denomina “citojense”- mediante ese entretenimiento que por algunos años prosiguió su hijo Gabriel Blanco apoyado en Joaquín Lizardo, el eterno operador del proyector de películas y redactor de los carteles de grueso papel de fondo blanco sobre el que se escribía con tintas de color el título de la película del día. Era un pliego de papel pegado con almidón sobre paneles de madera que se amarraban con tiras de alambre a los postes ubicados en las principales esquinas del pueblo. Fue una manera de anunciar con horas de antelación los títulos de las películas, sus actores y horario.

 

Anécdotas de cine

 

Al igual que como se describe en imágenes en el premiado filme italiano “Cinema Paradiso”, recuerdan quienes vivieron la época que una escena graciosa consistía en ver a Joaquín Lizardo, al concluir el filme en el Cine Ojeda, partir montando en una bicicleta que pedaleaba presto hasta Las Morochas para llevar la cinta de cada noche al cine establecido en esa localidad que era igualmente propiedad de Blanco Blanco.

Hoy, integrada a Ciudad Ojeda, la costera Las Morochas era una villa vecina que estaba a unos dos kilómetros de distancia del caserío original construido en el contorno de una redoma en cuyo medio se levantaba un tanque de agua, punto que constituía el exacto centro del poblado. Ciudad Ojeda había sido fundada para alojar a los damnificados del penúltimo incendio de Lagunillas de Agua ocurrido en 1937.

Otra anécdota que se cuenta sobre el Cine Ojeda es que, mientras fue de madera, a la pared de su fachada le fueron haciendo pequeños orificios. Eran horadaciones abiertas con berbiquí -herramienta de carpintería- por los muchachos para ver de pie y gratis por esos huequitos las películas cuando no disponían del dinero para cancelar el precio de la entrada.

A cuento viene recordar que el edificio de mampostería que sustituyó al de madera contó con algunos locales comerciales, entre los que estuvo la librería Sucre, la primera de la localidad.

 

Los cines Nuevo e Iris

 

            Como se rememoró, frente a la plaza Bolívar algunos años después se construyó el segundo cine del pueblo, el Nuevo, cuyos propietarios eran Bruno Bertelli y los hermanos Luigi y Carlos Da Prato. Tenía una fachada con planos arquitectónicos de básica modernidad y alguna jardinería mínima le otorgaba un discreto toque vegetal que lo ornamentó y lo asoció con un ambiente bastante humanizado entonces y deteriorado hoy que tomó auge y animó las reuniones de ocasión en las bancas de la plaza vecina y el transcurrir de parlanchines paseantes por sus caminerías, aparte de que adyacente alegraba la noche una boite familiar que hizo época, el Gigi Bar, y más allá estaba y está, en el edificio Hermanos Apruzzese, una librería, propiedad de Waldo Berni. Ésta daba refugio a algunos interesados lectores que la visitaban antes de ingresar a disfrutar de las películas.

            El Cine Nuevo llenó otro tiempo de la cinematografía, el del color y el cinemascope en una localidad cuyos habitantes tenían relativamente más recursos monetarios que los actuales y que había crecido y se pobló de inmigrantes, nuevos gustos y pretensiones internacionales que no terminaron de prosperar.

El Nuevo además tenía abanicos de techo que ofrecían una determinante comodidad a los cinéfilos: el alivio que proporciona la brisa a la calurosa noche zuliana. La predilección por esta sala decayó con la apertura del Cine Iris y cerró cuando en la parcela que ocupaba se construyó la sede de la alcaldía del Municipio Lagunillas. Fue la del Nuevo una sala de corta vida, sustituida en el mismo lugar y en los predios de la alcaldía, por el Cine Canaima, el único que con dificultades sobrevivió.

            Bastante antes de la desaparición del Nuevo, se edificó el Iris, propiedad de Antonio Pietroantonio y Venceslavo Barignani. Y aunque en sus últimos días pudo haber sido una sala cinematográfica anticuada, en sus inicios tuvo la facilidad de que contaba con una amplia antesala de la que no disponían los dos anteriores y donde además de un expendio de chucherías había espacios holgados para exhibir los estrenos en carteleras mejor dispuestas y adosadas a la pared.

Una ventaja que tuvo fue que desde la inauguración su sala de paredes verde botella estuvo dotada de aire acondicionado y ello sustrajo muy buena parte de la clientela a los otros dos cines. Poseyó asimismo butacas acolchadas revestidas de una tela de felpa rojo quemado. Ésas tenían espaldar semireclinable dispensador de comodidad que hizo apreciable diferencia.

También contiguo a la plaza Bolívar, el Iris dinamizó más todavía el sector y contribuyó en la creación de un ambiente citadino en miniatura al que se añadían en dos esquinas de esa manzana, la presencia del Hotel Astoria y de su restaurante y de la heladería Testee Freeze, una caricatura del infaltable soda fountain del estilo de vida norteamericano y donde, obviamente, se podían ordenar perros calientes y hamburguesas.

Eran esos los lugares de recreo preferidos al salir del cine en un ambiente que acogía y completaban dos pastelerías de toque europeo de nombres Bambi y Mutzy. A ese aire diferente se le agregó una concurrida cancha de boliche ubicada en un local que se levantó en la vecindad del Cine Iris. La que se ha descrito fue una atmósfera que se vino a menos por el crecimiento sin desarrollo que los economistas y sociólogos bien saben describir.

            El Iris sostuvo en alto el estandarte del cine en Ciudad Ojeda hasta una fecha indefinida, cuando ya no pudo más con la competencia de los nuevos instrumentos domésticos de proyección de películas al gusto de cada quien más la adición de la sustancial ventaja de repetir la sesión.

Por los años 90 del siglo pasado Ciudad Ojeda y sus entonces 75 mil[1] habitantes tuvieron en el remanente Cine Canaima la única posibilidad que les quedó para apreciar en la pantalla gigante las producciones del llamado séptimo arte.

 

 

Manuel Bermúdez Romero

 

[1] El Censo 90 en el Zulia. Resultados Básicos. Oficina Central de Estadística e Informática (OCEI). Caracas, 1992.

 



 

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7 comentarios

Manuel Bermudez Romero -

Esa es la idea, que gusten. Y que sirvann para conservar memoria de la historia local.

Luis Gerardo -

Me encantan estos textos històricos de Mi Ciudad Ojeda... gracias!... http://elzaguanvive.blogspot.com

Manuel Bermudez Romero -

Imagino que asi ocurria en todo el pais. Por supuesto en las capitales puerto como Ciudad Bolívar, Puerto Cabello, Maracaibo, seguramente había un poquito más de avance.

Aunque sabemos que para 1948 cuando se abre esa sala, el cine ya tenía sus dias rodando, pero así fue su comienzo en Ciudad Ojeda, y de ese modo lo vivimos.

Al poco llegó la televisión y le sustrajo al cine su impacto inicial y duradero. Expresado de otro modo, como decía una recordado programa, la TV fue "El Cine en su Casa".
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Pascual -

Lo felicito don Manuel. Por cierto me hizo recordar al pueblo donde por primera vez oi hablar de cine, el local era parecido a lo que usted describe en el cine Viejo, con los intermedios para cambiar el rollo. En el pueblo donde vivi llamaban a las funciones por medio un microfono o ¿parlante? que se escuchaba en toda la localidad. A veces el locutor usaba expresiones de grueso calibre para invitar al publico a ver las peliculas mejicanas las preferidas de entonces. A no puedo dejar de mencionar que a mediados de los cincuenta del siglo pasado la Gobernacion del Estado Bolivar proyectaba peliculas en plena calle, en las paredes de alguna casa; a veces eran cortos metrajes de corte institucional.

Pascual -

Lo felicito don Manuel. Por cierto me hizo recordar al pueblo donde por primera vez oi hablar de cine, alli llamaban a las funciones por medio un micrifono o ¿parlante? que se escuchaba en toda la localidad. A veces el locutor usaba expresiones de grueso calibre para invitar al publico a ver las peliculas mejicanas las preferidas de entonces. A no puedo dejar de mencionar que a mediados de los cincuenta del siglo pasado la Gobernacion del Estado Bolivar proyectaba peliculas en plena calle, en las paredes de alguna casa; a veces eran cortos metrajes de corte institucional.

Manuel Bermúdez Romero -

Gracias Beatriz. Lo mejor de este recurso comunicacional, la bitácora, el blog o la página web, es que cada quien puede ir contribuyendo a enriquecer, precisar o ampliar los contenidos aportando de su propia memoria.

A mí por ejemplo me ha quedado la duda de que Lizardo saliera desde Ciudad Ojeda hacia Las Morochas en bicicleta. Lo digo no por la bicicleta, sino porque creo que, de ser así, en Las Morochas asistían al cine muy tarde. Por lo demás, no recuerdo esa sala de cine en Las Morochas. Y pienso, no sé, que pudiera ser que el proceso era al revés, de Las Morochas transportaban las películas hasta Ojeda. Pero no puedo decir otra cosa, es la versión que tengo de uno de mis hermanos mayores. Exactamente diez años mayor que yo.

Me satisface que te haya gustado. Saludos para ustedes.

Beatriz Suárez de matos -

Qué memoria tan prodigiosa tienes!!! Bravo, Manuel! Rememorar cada espacio y tiempo de nuestra ciudad,usando un discurso fotográfico, con pasión y precisión,te convierte en el gran cronista de esta ciudad. Desde niña, disfruté de esas salas de cine...Hoy, lamentablemente, Ciudad Ojeda no cuenta con ninguna.Gracias, gracias... Manue! por despertar ese sentimiento hacia lo nuestro...Saludos y un abrazo.Beatriz y Antonio
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