Blogia
Contextos

La maestra Capa

La maestra Capa

          Señor, fíjese que además ahora la escuela sí está inscrita en el ministerio.

          Así concluyó la apurada conversación que la maestra Capa sostuvo con el padre de un niño al inicio de su primer grado de educación primaria. Ella de pie a la puerta de su escuela y casa de habitación, y él con medio cuerpo embarcado en el auto y presto para seguir su camino.

          Evidentemente, la maestra quería dejarle claro al representante que ahora eran legales los estudios de primero y segundo grado que impartía esa escuela unitaria.

          Esa era una legalidad de la que -de hecho- ni la maestra ni la escuela María Auxiliadora estaban urgidas para obtener el número de matriculados que se requería para funcionar, puesto que ambas gozaban de buen nombre en el pueblo.

          Era fama la tenacidad que para enseñar a leer imponía la maestra y dueña de aquel pequeño colegio, pues se sabía que disponía de una no ortodoxa habilidad para conducir por senderos de disciplina y estudio a los estudiantes remolones.

          Se sabía, por lo demás, que la escuela siempre se había regido por los programas del Ministerio de Educación Nacional (MEN), aunque no hubiese estado inscrita legalmente.

          El primer día de clases como nuevo alumno el niño se encaminó por el costado derecho del solar de la casa, como era obligatorio, para no atravesar la pequeña sala de la vivienda y, mientras penetraba, iba preguntándose qué significaba que la escuela estuviera inscrita en el ministerio.

         Tenía unos cinco años y se encontraba bastante romo en la lectura, siendo ese el principal motivo por el que se le inscribió con Capa para proseguir estudios primarios cuya mensualidad, cree recordar, costaba diez bolívares.

         ¡Vamos a inscribirlo a que Capa que allí sí aprende a leer!, le escuchó decir alguna vez a su madre, quien ya había vivido la buena experiencia de ver cómo esa maestra había proporcionado enseñanza básica a tres de sus hijos mayores.

          Más largo que ancho era el aula, la única aula de esta escuela ubicada en el sector La Tropicana de Ciudad Ojeda en una parcela que por gestión del presbítero José Ignacio Olivares la compañía Shell le cedió a la educadora, y donde se impartían clases de primero y segundo grado.  

         Tenía el salón en el fondo una pared que lo cerraba y de donde guindaba el pizarrón negro, color que era el común entonces. Hacia el costado derecho estaba limitado por una pared medianera que daba apertura al patio, y por allí más de una vez se metieron cacareando gallinas en vuelo rasante provenientes del solar y que provocaban alborozo en los niños y curiosidad asustadiza en las niñas.

          En el fondo, aparte del pizarrón, pendía de la pared el cuadro litográfico del Simón Bolívar militar, mozo y esbelto con espada al cinto que todos hemos visto alguna vez y no se necesita describir, y una mesa de plano frontal desnudo, simple, sin mantel que hacía de escritorio y sobre la cual estaban las herramientas de la maestra para la inducción al estudio: la obra Mi Libro Primario, de Alejandro Fuenmayor, suficiente tiza, una manuable regleta de madera, una campana sin artificio para llamar a clases y al orden, y un borrador a buen resguardo.

         No había pupitres individuales en el aula, sino unas largas bancas de madera pintadas marrón oscuro donde se sentaban -uno al lado del otro- cuatro a cinco muchachos en cada una. No eran más de cinco a seis hileras de rústicas bancas dispuestas en dos franjas, una de niños y otra de niñas.

          Poco fue el tiempo que transcurrió para que los alumnos se diesen cuenta del "método" de enseñanza de la maestra.

          Su tono nasal y afónico cuando llamaba la atención -si vuelve a repetir el error le doy un palmetazo-, la voz de mando que mostraba cuando invitaba para que se deletreara la lección de turno, de pie el alumno frente a sus compañeros y al lado de ella sentada en su silla tras la mesa, resultó para aquel pequeño un presagio que rápidamente derivó en una conclusión: aquí hay que aprenderse la lección.

          Cuando por primera vez vio cruzar por el aire el borrador de la maestra en dirección de los alumnos más grandes que estaban en las bancas de atrás, el muchacho llegó a un convencimiento: además hay que andar derecho.

          El nombre de la maestra Capa era Carmen Delia Sánchez Tinedo. Nació con el siglo XX en Maracaibo, el 11 de enero de 1900, y el cognomento Capa no era una alusión fálica, sino derivación del Carmen de su nombre balbuceado por una sobrina cuando empezaba a decir sus primeras palabras.

         Y como Capa quedó bautizada y así lo fue para todos tanto en Ciudad Ojeda como en Lagunillas, población esta última donde inició su labor docente en el colegio Santa Rosa de Lima.

         Era una mujer blanca, soltera -lo fue hasta morir-, más alta que baja, de cabello castaño claro que era una baba de lacio y como tal, siempre en resbaladizo desorden que intentaba fijar con aplicaciones de jugo de limón y pañoletas que con alguna frecuencia tocaban su cabeza.

        Acostumbraba llevar cuello y pecho entalcados con generosidad para amortiguar el sofoco de la canícula, y cuando podía estar corriendo el año 1955 se le recuerda ya avejentada y algo cansada en su tarea docente de turno completo: mañana y tarde.

       Fumadora apasionada -tanto que le propició una voz de bramaba cuando superaba la afonía -, usaba anteojos de cristales claros y gruesos, montura de carey rosado pastel y tenía un mirar característico de ojitos transparentes de color impreciso entrecerrados que nivelaba por encima de los espejuelos y era señal de que venía un grito, un campanilleo de orden, anuncio de “jalones de oreja”, de coscorronazos o alguna amenaza en tono mayor:

 

       "Ve que te aflojo la campana".

 

        Invariablemente la advertencia la acompañaba con un ademán de lanzamiento como para hacer más real, dramático e inminente el peligro. Nunca el niño de esta crónica vio que lo hiciera; nadie le contó que alguna vez lo hubiese hecho y está totalmente seguro de que ella tenía perfecta conciencia de que hubiese sido una atrocidad aventar la campana contra algún alumno. Tampoco vio jamás que castigase físicamente a alguna de las alumnas.

          La campana en alto no era más que una fórmula definitiva, el último recurso usado como truco para enderezar entuertos y sobre todo la conducta de algunos ya no tan párvulos que se hallaban en las últimas bancas fastidiando al grupo.

          Una vez, intentando leer la mente de la profesora, el niño imaginó lo que ella pensaba respecto de sus recursos disuasivos en función del aprendizaje:

         "Algunos son unos bellacos. Es la única forma que tengo de controlarlos. No creo en eso de que ’la letra con sangre entra’, pero si sé que tengo que infundirles la obligación del estudio. Mi tarea es enseñarlos. Lograr que aprendan a leer es mi objetivo y para eso me los traen. Aquí fue donde muchos que ahora son profesionales aprendieron a leer. Quiere decir que darles su sustico para que lean me ha dado resultado. Aquí a mi escuela vienen los padres con muchachos que han pasado por eso que llaman kínder y todavía no conocen ni la ’O’ por lo redonda. Me siento muy orgullosa de que aquí en mi escuela aprendan".

          Recuerda el niño que a él nunca Capa le tocó ni un pelo. Ni en privado ni en público lo amedrentó directamente. Y cree que pudo ser que su conducta no diera lugar a ello, pero sí llegó a saber que hincándolos en medio del aula castigaba a otros para demostrar lo que ocurriría con los testarudos.

          Es evidente que la pedagogía de Capa no era del todo inusual en aquel tiempo y también que hasta la fecha no se ha sabido de nadie que hubiera salido traumatizado de aquel recinto escolar donde, por sobre toda sanción, había vocación magisterial y genuino deseo por instruir.

          Por lo demás, al poco tiempo de comenzar a recibir las lecciones de Capa, el chiquillo que se había iniciado en el primer grado descubrió con júbilo interior que podía deletrear el texto del cartel fijado en el patio delantero de aquella casa, y decía: "Escuela privada y mixta María Auxiliadora. Inscrita en el MEN" El texto estaba ilustrado con el dibujo de dos escolares, hembra y varón, que caminan tomados de la mano.

          ¡Aleluya! Se estaba iniciando en la lectura.

          La temida pero efectiva y tenaz maestra Capa descansa en paz desde el 26 de agosto de 1979 en el viejo cementerio municipal de Ciudad Ojeda, situado más allá del caño la "O" y a aproximadamente cien metros paralelos con la avenida intercomunal Cabimas-Lagunillas.

          Dios tenga en la gloria eterna a la monitora de las primeras letras de muchos habitantes Ciudad Ojeda y Lagunillas.

 

 

Manuel Bermúdez Romero

Judibana, diciembre de 1993.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

23 comentarios

Manuel Bermudez Romero -

Reinaldo Rincon -

Buenas noches Manuel. Lo prometido es deuda. Tú tienes razón, la escuelita de la maestra Capa se llamaba María Auxiliadora. Lo pude comprobar con -por lo menos- tres de mis familiares. Mi confusión estubo, en que, yo salí de sexto grado a los 10 años y no me quisieron inscribir en el Liceo Cuenca (que estaba empezando) y mi mamá me inscribió en una escuela de educación comercial llamada Nuestra Señora del Carmen que quedaba en la Calle Alonso de Ojeda, a dos cuadras de La Comercial. Un abrazo
Reinaldo Rincón

Reinaldo Rincon -

Buenos días Manuel, gracias por tu deferencia al responderme. Mira, a lo mejor estuvimos sentados en el mismo banco. Yo tengo 68 años de edad y recuerdo un acontecimiento que me impresionó mucho y fue cuando la Seguridad Nacional se llevó presa a la mastra Capa y la montaron en una camioneta donde ya llevaban presas a otras personas. Si esto lo viste tú, entonces estudiamos juntos. Mi casa estaba en la calle (no recuerdo el nombre ahora) que iba desde la Tropicana y terminaba en la Calle Monagas, justamente al fondo de la casa del Sr. Moya. Sobre el nombre de la escuela de la maestra Capa, ahora me pusiste a dudar, ya que a uno se le agolpan los recuerdos y los nombres. Pero para la verdad histórica, te prometo que voy a indagar entre mis familiares y conocidos de este tiempo para precisar este dato. Un abrazo

Manuel Bermudez Romero -

Recordado Reinaldo:

Como puedes comprobar en la semblanza que he escrito de Capa, estudiamos el primero y segundo grado en el mismo colegio.

Por cierto, quiero que me precises el nombre de la escuela. En mi memoria tengo que se llamaba María Auxiliadora, pero en la nota que enviaste sobre la entrevista al profesor González Ocando en relación con el futuro de Ciudad Ojeda, mencionas otro nombre distinto al que recuerdo. Deseo que me precises el punto para hacer el cambio. Quizá Beatriz Suárez de Matos en combinación con Antonio pudiera aclarar la discrepancia.

Cordiales saludos.

Manuel Bermudez Romero -

Prueba.

Manuel Bermudez Romero -

Reinaldo, como puedes ver estudiamos primero y segundo grado en el mismo colegio. Por cierto, me interesa que me precises el nombre de la escuela de Capa. El recuerdo que yo tengo es el de María Auxiliador, pero en la otra nota que me enviaste, mencionas otro distinto. Me interesa la aclaración para hacer el cambio si estuvieses en lo cierto.

Por otra parte te invito a leer un reportaje sobre el Cuenca y sus 50 años. Si entras en el buscador y colocas Liceo Dr. Raúl Cuenca, debes encontrarlo.

Cordiales saludos.

Reinaldo Rincon -

Gracias amigo Bermúdez por esta reminiscencia de mi niñez. Yo estudié primero y segundo grado con la maestra Capa de la que a mi edad todavía guardo gratos recuerdos. Un abrazo

Manuel Bermúdez Romero -

Hola Belkys, agradezco tu comentario y que aprecies la semblanza sobre la maestra Capa.

También estudié en el Instituto Educativo Tamare, de tercero a sexto grado y aprovecho para comentarte que en esta bitácora hay tres o cuatro crónicas sobre Tamare. Búscalas. Una se titula: Tamare. El Nuevo Mundo. Creo que las vas a disfrutar.

No, Edelis Bermúdez no es familia. Sí lo es Mayela, quien también estudió en el Instituto Educativo Tamare, pero poco tiempo. Para que tengas una idea yo estudié allí más o menos entre 1958 y 1962.

Cordiales saludos.

Belkys Oviol -

Hola Manuel
Hoy día del maestro escribí en mi FB una reflexión sobre tan fundamental profesión y quise recordar los nombres de algunos de los educadores del Instituto Educativo Tamare... y me encontré con tu BLOG... Me encantó tu escrito sobre la Maestra Capa, gracias por tomarte el tiempo para agradecer... no la conocí, pero tuve la dicha de tener maestras determinantes en mi vida... (Una nota personal: Tu eres familia de Edelis Bermúdez? estudiamos juntas grandes amigas)

Manuel Bermúdez Romero -

Debo hacer constar que por gestión diligente de la profesora Beatriz Suárez de Matos, realizada ante el maestro Nelson Bermúdez, relacionado familiarmente por toda la vida con la maestra Capa, pude encontrar la foto que ahora complementa esta semblanza.

Esa fotografía es de un documento periodístico invalorable, pues ahora será posible tener en esta imagen por siempre el recuerdo de quien fuera la maestra de muchos antiguos habitantes de Ciudad Ojeda y Lagunillas.

Manuel Bermúdez Romero -

Por fuera de la bitácora Aníbal Nicolás Maneiro González, escribió:

Muy buena tardes estimado amigo Manuel, hoy revisando mi correo me encontré
un correo que me llamò poderosamente la atenciòn, y se refiere a la maestra
Capa, de verdad no tuve la dicha de conocerla personalmente pero en esa tie-
rra bendita quien no haya oído hablar de la maestra Capa no viviò en estos la-
res de Lagunillas, Ciudad Ojeda, Tasajeras y Las Morochas, por esa razón me siento bastantse orgulloso de haber recibido este correo; ese apellido tuyo me hace recordar en esos años no tan lejanos al profesor Omar Bermùdez, a mi
amigo Chuo Bermúdez y a otro grupo de estudiantes y profesores que tuve la
oportunidad de conocer en mi pasantía estudiantil por el recordado Colegio
Santa Rosa de Lima sen los años 54-55-56 bajo la direcciòn de la profesora Ester Hernàndez Toro, y màs luego un par de años como docente de un grupo de amigos que necesitó mi ayuda para optar a su tìtulo de bachiller,
por lo tanto vuelvo y repito que ese correo me llenò de inmensa alegrìa,
de nuevo gracias, su amigo Anibal Maneiro G
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

Manuel Bermudez Romero -

Por fuera de la bitácora, Mayela Bermúdez de Pocaterra, escribió:


Cuando papá me dijo que iba a comenzar con la maestra Capa me alegré mucho por que ya la conocía como ser humano fuera del aula
Y era vecina nuestra, además de esto sólo tenía que saltar la cerca para llegar al colegio.
Me encantaba ir a clase con la maestra Capa y como mis hermanos Elsa y Jesús no me salvé de un castigo o un palmetazo en los nudillos, sobre todo cuando me paraba a su lado para leer la lección del dia frente a la clase y Yo ni la O por lo redonda, allá te va!! Niña!! La lectura no dice eso!! Estás inventando!! Yo me sé ese libro de atrás pa'lante! Zas!! allá te va otra vez. ¿Trauma? Ninguno.

La maestra Capa era esa persona que de alguna manera yo en mi corta edad sabía que sólo lo hacía por mi bien y que dentro de esa imagen dura, había mucho amor por mí, ¿como lo sé? Yo me le escapaba del salón y me iba a mi casa y mamá me regresaba inmediatamente, la maestra Capa con sonrisa media escondida me decía.... te vais a quedar aquí hasta la tarde si te volveis a escapar.
Un día me volví a escapar y me quedé en su casa sentadita en su pequeña salita y me dio politos de cubeta de hielo que ella misma hacía riquísimos!!! ¿Mis preferidos? Limón y uva. Este es mi mejor y mayor recuerdo con mi recordada maestra Capa.
Yo tengo muy gratos recuerdos de cuatro maestros en mi vida....La maestra Capa, la hermana Sagún (Tamare), Nelsy Simancas y Olga Sánchez en el Instituto Escuela Lagunillas. Mujeres especiales en mi infancia sin contar a mi madre.

Gracias Manuel por darme la oportunidad de contar mis experiencias en el Maria Auxiliadora, La Tropicana.

Saludos.

Manuel Bermúdez Romero -

Gustavo, disculpa el atraso en responderte. No sé por qué, pero no recibí el aviso que me da el sistema cuando ingresan nuevos mensajes. Me di cuenta de tu comentario por casualidad haciendo un recorrido. Bloguero que se respete debe responder siempre a sus lectores.

No dudo de que con la buena cantidad de años que ustedes vivieron en La Tropicana, hubo una frecuente relación entre los Ramírez Nava y Capa. Imagino que sobre todo con la señora Mireya.

Eso que tú aseguras de que el carácter fuerte de Capa era una táctica, yo lo intuí de muchacho y alumno de ella. Aunque, por supuesto, no me propuse correr el riesgo de retarla para comprobarlo. Me sometí a su disciplina.

El dato que me das de tu mamá lo conozco. No exactamente la cifra, pero sé que fue partera por muchos años. De hecho, cuando estuve averiguando qué partera asistió a mamá cuando yo nací, hubo gente que me dijo que podía haber sido la señora Mireya, pero después supe que no fue ella, sino Eulalia Cardozo. Tu mamá debía ser una mujer muy joven en 1949, que fue el año en que nací.

Gracias por tu comentario y detalle sobre tu hermano Carlitos (Q.E.P.D) en relación con la maestra Capa. Como te he comentado, son detalles que enriquecen estas memorias que cuento para que quede huella del paso por el planeta de gente modesta, buena y anónima que puso su grano de arena para hacernos la vida más fácil.

Cordiales saludos.

GUSTAVO RAMIREZ -

Apreciado Manuel, has tenido mucho acierto en tu recuento sobre la Maestra Capa. Nosotros vivimos por muchos años en La Tropicana y como vecinos de ella tuvimos una relación muy estrecha con este increíble ser humano. Lo de su carácter fuerte en clase era una táctica que utilizaba para que los alumnos aprendieran a leer y escribir lo mas rápido posible.Fuera del aula de clase,por lo menos con nosotros, era un ser sumamente cariñoso.El único de nosotros que asistió a sus clases fue nuestro hermano menor Carlos (+).Por cierto te cuento una anécdota: Cuando mi hermano comenzó las clases se vio muy impresionado por el carácter de la maestra Capa, le tomo miedo y se negó a
ir a la escuela. Ella muy preocupada busco una solución muy rápida y sencilla. Le dijo a mi madre Mireya (Que por cierto asistió mas de 5000 partos en Ciudad Ojeda,Lagunillas y Bachaquero)que comprara una bicicleta y le dijera que en la escuelita se iba a realizar una rifa. Por supuesto el ganador fue mi hermano, y desde ese día asistió puntualmente y con entusiasmo a clases.Manuel quiero felicitarte por que con tus artículos nos transportas a épocas sumamente hermosas, espero que sigas con mucha fuerza escribiendo cosas tan interesantes, un fuerte abrazo para ti y tu familia y que Dios los bendiga a todos.

Manuel Bermudez Romero -

Hola Yaneth, esa fue mi maestra en primero y segundo grado. Tambíén estudié en Tamare. En mi época el nombre oficial del colegio era Instituto Educativo Tamare y lo conducían curas jesuitas y monjas.

No sé si lo sabes, pero había dos casas en el sector Andrés Bello donde vivían los curas y las monjas administraban el colegio.

En Tamare, como dije en alguna parte, mis maestros fuero una española de nombre Yosune, Luis Manuel Royett y un cubano de apellido Blanco. Un abrazo.

Yaneth Sanchez -

Manuel, excelente relato. Desde que comencé a a leerlo supe que se trataba de ti y me enterneció mucho. Yo la verdad como me crié en Tamare, mi primera maestra fue de acá "Maria" mi querida y recordada maestra Maria...ojalá las nuevas generaciones recuerden con cariño a quienes lo llevaron al camino de las letras.Un abrazo Manuel!

Manuel Bermudez Romero -

Gracias Esther. Creo que efectivamente se merece el recuerdo. Lamentablemente muchos de esos grandes y pequeños apoyos con los que se va contando en la vida, pasan al olvido, son un montón. La maestra Capa y Cenovia, la enfermera y vecina, para solo contar dos. Pero igual debería escribirse sobre tantos otros, como Fermín y Casas, los odontólogos, el primero en Ojeda, el segundo en Tamare, etc. Es mucha gente: las costureras, los panaderos, los caucheros (el señor Lambo), médicos (el doctor Malavé), los boticarios, los deportistas. Víctor Ruiz, por ejemplo, fue pítcher AA en Lara, y nadie lo recuerda. Doble A en una época cuando esa era una buena categoría amateur. De hecho es fue una época en que jugaban Luis Peñalver,también pítcher luego profesional con el Caracas, y William Troconis, zuliano con residencia en Caracas y cátcher, quien nunca fue profesional porque no quiso y se dedicó al adiestramiento de peloteros infantiles.

Saludos.

Esther -

Manuel,

¿Como no recordar a la Maestra Capa? Yo me escapé de que me enviaran a ella. Afortunadamente aprendí a leer muy bien con las monjas en el Instituto San José donde cursé mi primaria desde Kinder hasta 6to. Sin embargo, la recuerdo muy bien. Mi impresión, por los comentarios de Uds., es que con ella había que andar derechito, sobre todo en cuanto a la disciplina. Fue una maestra, que a pesar de los métodos que utilizaba, como el castigo que menciona Elsa, fue muy reconocida y apreciada en la zona ya que lograba encaminar a los muchachos en la lectura y disciplina. Te felicito por este merecido reportaje dedicado a su memoria. Saludos.

Manuel Bermudez Romero -

HOMENAJE

Ciertamente, Ernesto, escribí esa crónica en homenaje a esa maestra. Fue quien me enseñó a leer. Creo que la mayoría de los contemporáneos con nosotros tuvo maestros, de uno u otro moodo, parecidos a Capa en su metodología.

PARECIDOS

Hola amigo Pascual, se lo comento arriba a Ernesto, todos debimos tener maestros semejantes, en tu caso Félix, que te enrumbó. Yo sentí lo mismo con Capa. A pesar de sus "herramientas" fue allí donde me sentí confiado en que había aprendido a leer, aprendería todo lo que podía venir como estudio.

GUERRA AVISADA...

Elsa, las referencias que tenía de la maestra Capa era de ustedes. Comprobé que eran ciertos, aunque en verdad no los sufrí, quizá porque ya sabía por dónde iban los tiros con ella.

CIERTAMENTE ORGULLOSA

Fue Capa una maestra nombrada en ese ámbito, y fue después nuestra vecina en La Tropicana. Naturalmente la tengo en la memoria porque era, además, muy enfática con sus pareceres.

En verdad me acuerdo de todos mis maestros: después tuve una maestra española que no se cómo se escribe su nombre, pienso que Josune, pero se pronunciaba Yosune, después Luis Manuel Royett (está entre mis amigos en Facebook), y finalmente uno de apellido Blanco, cubano recién salido de la isla al arribo de Fidel al poder.

Ciertamente Capa debía sentirse orgullosa, de hecho uno de sus comentarios recurrentes era que había muchachos que habían pasado por sus manos que ya eran profesionales universitarios.

Aida Bermudez -

A mi llegada a la zona, recuerdo mucho a Mayela nombrando a la maestra Capa. Este tipo de personas siempre queda en la memoria de todos los ni#os que aprendieron con ella. A pesar de la sencillez y de los metodos utilizados, siempre logro su proposito y se debe haber sentido muy orgullosa de haberlo logrado.

Elsa -

Gracias Manuel por recordarnos a la Maestra Capa. Jesús y yo fuimos sus alumnos en primero y segundo grado. Nosotros quizás no eramos "tranquilos" como tu, puesto que yo si ví varias veces pasar el borrador del pizarrón en "vuelo rasante" cerca de mi cabeza. Nunca en realidad llegó éste a hacer contacto con nadie. Pienso que la maestra tenía mala puntería o simplemente lo lanzaba, para asustarnos, pero si fui castigada una vez, hincada y con los brazos en cruz. Nunca más me quedaron ganas de desobedecer. Eso sí, aprendí a leer rapidito. Un abrazo.

Pascual -

Caramba Don Manuel su relato es el relato de todos los muchachos que atendieron escuelas en casas de algun señor un poquito mas ilustrado que el resto. En lo personal me recordo mi maestro Felix, uno de los tantos que tuve, pero quien finalmente me enrumbo.

Ernesto H. Marin -

Un conmovedor relato y a la vez un tierno homenaje a nuestras maestras en la infancia, que además de enseñar nos formaron.
Mis felicitaciones también por la hermosa prosa.
Recibe un muy cordial saludo, Ernesto
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres