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La vida es béisbol

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Dedicado a mis amigos Freddy Lazarde (pítcher)

 y Rafael Méndez (shortstop), expeloteros

 doble A de Lotería del Zulia

 en la década de los años 60 del siglo pasado

 

 

Evoca esta crónica el significado histórico y humano que posee el béisbol. Recoge el origen del juego y su valor como pasatiempo gestor de episodios que escritos en la prensa impresa y eternizados en documentales audiovisuales, pudieran traerse más frecuentemente al presente para recrear la memoria un deporte que caló el alma nacional y fomenta bienestar

 

 

Este es un recuerdo de cuando el mundo era otro y menos poblado. De hace mucho tiempo. De la época cuando a los peloteros se les observaba venir por entre calles y caminos compartiendo con quienes concurrían para verlos jugar, e iban todos en dirección del descampado donde para entonces y aún siendo una novedad se le jugaba formalmente.

Esos jugadores, los mejores de la comarca, eran parte de cada uno de los grupos de fanáticos caminantes a quienes, como atraídos por un imán gigantesco, se les observaba marchando con rumbo fijo. Así ocurría en cada sitio y me consta, porque fue de ese modo como los vi por primera vez en Maracaibo, Venezuela.

No fue en el estadio de Belén donde los vi, tampoco en el del Lago, pero sí años después en los alrededores del estadio “Alejandro Borges”¹ -inaugurado en 1945-, que entonces se llamaba Estadium Olímpico y periódicamente asistía de paso por esa zona con mi familia en tránsito para visitar unos primos paternos -Leal Montiel- quienes vivían en una urbanización del contorno que lindaba el avance de la ciudad hacia el noroeste.

Llegué a ver peloteros profesionales que llevaban puestas sus medias sanitarias y calzaban sandalias playeras, de transeúntes por entre las calles conversando con la gente. Unos viniendo al estadio desde la esquina de La Fusta, en La Limpia, otros que salían con la misma meta por bocacalles de la urbanización Sucre y de El Paraíso.

Fue en el tiempo cuando jugaban Milton Pérez, Darío Rubinstein -“El Galgo Negro”-, Cecilio Prieto, Leonardo Mindiola, Medardo Nava, Julio Pirela, Ney González, Hugo Muskus, Celestino Cepeda, entre otras figuras criollas. De cuando los muchachos se refrescaban con la regional Cola Victoria, la publicidad radial decía que los Almacenes Princo eran “la confianza del chofer”, y el retintín de una cuña redundante promovía la compra de camisas Mega: “Me gasto una camisa Mega”. Era ropa de manufactura local.

Andaban los jugadores semiuniformados con sus pantalones de juego, y llevaban un pequeño atado que contenía un paño mediano para secar el sudor, el guante y los spikes que se calzan desde casi el momento de la convención norteña que unificó las reglas del juego. Desde muchísimo antes, de cuando en los Estados Unidos se le jugaba a mano limpia, modalidad posible entonces porque usaban pelotas más suaves y grandes que las actuales.

 

Al alcance de la mano

 

Primero aficionados y luego profesionales como el que más, aquellos eran otros hombres y figuras motivados de manera diferente a los del presente. Y fueron quienes dieron continuidad a la diversión originada en los Estados Unidos donde se empezó a practicar en 1845 como béisbol, mientras en Venezuela -en Caracas- se le comenzó a jugar “una mañana de mayo de 1895”, siendo una forma de expansión para cuerpos y mentes que lo hizo surgir como popular deporte hijo del cricket y del rounders, ambos de nacionalidad británica. Cabe comentar sobre la marcha que la versión divulgada de su origen en Cooperstown, estado de Nueva York, es errónea y deshace la creencia de que fue un deporte pueblerino con pasado rural. Pero esa es otra historia.

Jugaban en esos años por disfrute y amor por a la divisa identificada en sus uniformes. Y vivían y morían por ella y en el debate sobre una jugada o una actuación que se presentaba en la conversación post encuentro en las bodegas de esquina, en refresquerías, cafeterías o tomando cerveza en bares de la cercanía de cada estadio a veces ubicado en el corazón de cada ciudad o, la mayoría de las veces, en la periferia.

Como casi siempre ha sido, aquellos eran muchachos grandes; hombres en la edad del deporte activo y fuerte, jóvenes ágiles o fornidos entre los dieciséis y los treinticinco años que practicándolo formal y activamente no descuidaban su trabajo, pues para sostenerse laboraban como cualquier otra persona y en actividades distintas a ese deporte.

De esta manera y según la realidad de cada región hasta donde se extendió su práctica, hubo sitios donde eran peloteros y pescadores; carboneros, ferreteros, caleteros, estibadores, obreros petroleros, carniceros, carpinteros, zapateros, y dependientes diversos agrupados en cada uno de sus gremios.

Es oportuno aclarar que el béisbol tal y como lo conocemos hoy donde se implantó primero -al igual que otras innovaciones estadounidenses- fue en la ciudad de Nueva York. Ocurrió específicamente al sur de Manhattan y lo jugaban cada fin de semana de verano en un terreno desocupado que estaba situado en una esquina de la avenida Madison.

Después se fueron a un terreno un poco más espacioso en la misma zona y al pie de un sector conocido como Murray Hill. Por carencia de la suficiente amplitud que buscaban, se mudaron finalmente a dos localidades: Hoboken -en el estadio denominado Elysean Filds, New Jersey, primero, y luego a Long Island, una grande isla vecina al sureste de Manhattan.

 Y está asentado en la historia que fueron comerciantes, agentes de negocios, corredores de seguros, cajeros bancarios y distribuidores de cigarrillos y tabaco quienes lo comenzaron a jugar en Nueva York.

Como se dijo, eran personas comunes y corrientes que no hicieron vida laboral a la sombra del béisbol ni fue necesariamente en la práctica de esa afición donde obtuvieron diario sustento, pero sí satisfacciones, aparte de que fue una costumbre adquirida en la vecindad de los ambientes de trabajo, del taller y después del barrio, del pueblo y lo jugaban por puro gusto personal.

Y cuando lo decidían, marchaban hacia los lugares de juego como cualquier otro vecino. Portaban los peloteros la emoción de saberse diente del engranaje de un deporte originado en ambientes que se fermentaban jubilosos en plena calle y crecían con el entusiasmo de la romería dispersa que partía desde distintos puntos de cada pequeña ciudad y casi siempre a pie o en transporte colectivo para cumplir con la jornada deportiva en el estadio.

No había entonces profesionalización ni accesos al coso que fueran diferentes y separados para jugadores y aficionados. Ni había club houses, cuevas de ingreso prohibido y vigilado, tampoco existía transporte privado exclusivo para jugadores, árbitros y personal de servicio, de manera que los peloteros ingresaban a los estadios por el portalón principal concebido a modo de arcada elevada y de uso común, bajo la mirada de admiración de los fanáticos. Con el incremento de la afición se convierte el béisbol en espectáculo y en 1869 se le profesionaliza en los Estados Unidos, primero mediante cancelación de viáticos y luego con poca paga.

El acceso que se ha referido asemejaba un estrado de Olimpia dotado de astas dispuestas en lo alto para exhibir la bandera de los equipos confrontados en cada oportunidad.

Para llegar hasta el dugout los peloteros debían caminar un trecho espacioso por entre el público tempranero que deambulaba en el límite sombreado ubicado por los bajos de las tribunas techadas entre la baranda de cada estadio y el borde del graderío contiguo al campo. En ese amplio corredor se instalaban quioscos transitorios expendedores de comida barata y popular, de refrescantes bebidas industriales y cerveza que en conjunto creaban la camaradería propicia para que se diera un anhelado aparte de espontánea integración entre jugadores y público antes y después del partido.  

Fue por esa circunstancia unificadora que hacia el final de los años 50 los presentes pudimos ver al final de un juego mañanero, cómo el gigantón Ramón Monzant caminaba presuroso y llorando a lágrima suelta porque, habiendo lanzado nueve capítulos para el Pastora, perdió cerradamente el juego. Creo que fue contra el Gavilanes conducido por los hermanos Aparicio (Luis y Ernesto, padre y tío, respectivamente, de Luisito). Lo vi, había sido testigo: eran hombres que jugaban con el corazón y por amor a la divisa.

Y dábase allí la imperdible oportunidad de hablarle a los beisbolistas que llamaban la atención de los aficionados o -por lo menos- mirarlos, examinarlos con el rabo del ojo, observar cómo se comportaban, escuchar el tono de sus voces, saber cómo se relacionaban uno al otro, qué estatura y contextura tenían en la realidad, y cotejarlos de un vistazo contra el porte de nosotros mismos. De ese modo se les admiraba y se ensoñaba un futuro propio tras la persecución del éxito peloteril.

Más adelante y siendo un joven de unos dieciséis años, también bajo el graderío cubierto del “Alejandro Borges”, vi por primera y única vez -cercanos y juntos como hermanos- a Víctor Davalillo, César Tovar y Dámaso Blanco encaminados a la cueva. Ellos fueron tres sólidos peloteros de aquel trabuco que tuvieron los Leones del Caracas al final de los años 60 y quienes estaban en Maracaibo en juego interligas o en alguna Serie del Caribe que incluyó encuentros en el Zulia.

Podía, incluso, darse un tete a tete que hoy no es fácil pues se hace contacto con el pelotero cuando se halla dentro del actual magnificente campo de agigantadísimo coliseo romano y está dedicado a la necesaria faena de calentamiento y tonificación de su cuerpo para el esfuerzo supremo, mientras los fanáticos -solamente los de las primeras filas de la tribuna central- permanecen atentos a la barda que los separa de ese ídolo para buscar el momento de un intercambio que, si bien es aparentemente abierto, se ve abreviado por la colosidad del escenario.

Alguna vez, a diferencia, observé a parroquianos maracaiberos intercambiar de pie y de tú a tú en sus años de gloria con el exgrandeliga Luis Aparicio mientras acondicionaba su brazo antes del juego. Tenían los contertulios como separación los milímetros de espesor del tejido de la baranda de “ciclón” que en el “Alejandro Borges” hacia de backstop.

Ese béisbol inaugural que estamos evocando ha sido asunto de familia. Cercano, humano, municipal. Y era el tema principal de todos los días en cada casa durante los cuatro meses de temporada nacional. Y ha sido casi siempre así, no porque haya habido dinastías que lo demuestran en las naciones donde animosamente se le juega, sino porque es el ingrediente estimulante de la conversa en cada mesa, y ha constituido en muchos hogares uno de los puntos de fraterna unión por sobre penas de la vida como guerras, dictaduras, desavenencias, luchas y miserias de cada época.

 

Fuente de emociones

 

Permitía y permite el béisbol a sus seguidores escaparse del miedo al futuro en esta era difícil, del tedio, de la rutina del trabajo o de su monotonía. Se le disfruta a través de la constatación y el recuerdo que depara una jugada magnífica que se presenció o se escuchó en una narración descrita por la radio que fue, mucho después del inicio de la práctica de este deporte, el medio de comunicación colectiva que transmitió simultáneamente su desenvolvimiento.

Surgida en 1916 con el avance de la tecnología, la radio fue a partir de 1936 coadyuvante en el desarrollo de ese deporte que en el Zulia contó con destacada locución en las voces de Arturo Celestino Álvarez, “El Premier”, Néstor López y Olimpíades Linares Rivas.

Tan propia de la gente comenzó a ser esta afición, que había casas donde era común que alguno supiera cómo tejer o reparar la trenza reventada de un guante, cómo darle la forma adecuada al mascotín recién estrenado, cómo “domarlo” para su cómoda manipulación al recoger un roletazo.

Fueron las mismas personas vinculadas a este deporte quienes en los Estados Unidos se dedicaron a la artesanía de fabricar los bates, los cuales existen desde antes del béisbol, pues la versión primera de éstos fue la que se usó en el nombrado rounders que practicaban los niños. El bate oficial utilizado hoy y desde hace mucho en las grandes ligas es el Louisville de madera, producido desde 1884 en la población del mismo nombre establecida en Kentucky.

Esos mismos seres fueron quienes con el filo de una navaja o de un pedazo de vidrio de la rotura de una botella, se ocupaban de raspar el mango de los bates cuando descubrieron que les permitía el mejor agarre de quienes los empuñaran. Y, asimismo, quienes aplicándole trazos de barro se dedicaban a atenuar la tersura del cuero superficial de una spalding virgen.

Se logra el efecto frotando la pelota con aderezo de saliva y tierrita que crea una leve arcilla que pone rugosa la bola nueva y facilita su ajuste a los dedos de quien la manipula. Se sigue el procedimiento especialmente para que los pítchers ejerzan con más facilidad el agarre sobre las costuras y tengan control sobre la variedad de los lanzamientos.

En las ligas mayores y sus sucursales aplican sobre la bola el mismo masaje -es obvio que de allí surge el método-, pero lo sanean sustituyendo la saliva por unos toques de agua añadida a una porción de un lodo envasado de la marca Lena Blackburne Rubbing Mud, cuya base fundamental proviene de los pantanos de las márgenes del caudaloso río Delaware que transcurre y hace límite entre los estados Pensilvania, New Jersey, Delaware y Maryland en el noreste americano.

El procesamiento y depuración de ese lodo es un secreto de familia que el exmánager de los Atléticos de Filadelfia, Lena Blackburne, dejó como legado a su compinche John Haas, y de allí la clave pasó a manos de un yerno de Haas y luego al hijo de éste, Jim Bintliff, quien actualmente comercia el producto manufacturado en casa, en el número 186 de la carretera Forge, en Delran, New Jersey.

Por cierto, la pelota que se hizo oficial fue la Spalding originalmente fabricada por el exjugador Albert Goodwill Spalding. La marca pervive y ese apellido norteamericano se convirtió en Venezuela en palabra sinónimo de “pelota de béisbol”. Es decir, el sello comercial puede ser Wilson, Diamond o la nacional Tamanaco, pero al buscarlas en el mercado el comprador que conozca la jerga pide pelotas de spalding. Casualmente la marca Spalding es la bola oficial usada hoy en las mayores.

Olor y sabor a fiesta deportiva

 

El béisbol puede tener olor a cuero crudo, a madera sólida para el batazo recio, a aromática lanolina que -como quien se maquilla- se le unta con dedicación de principiante a los guantes por todas sus oquedades y durezas para humedecer las primeras y ablandar las últimas.

Tiene la oleosa esencia de la vaselina distribuida entre los pliegues de la textura de los guantes para flexibilizarlos, la pegostosidad de la pez rubia (rosin pitch), el efluvio de tela nueva recién cosida de uniformes y gorras cuya entrega sigue constituyendo un ritual para los peloteros; fiesta de víspera en cada oportunidad de inicio de temporada o de algún torneo amateur que se anima con himnos y canciones.

Posee otros aromas: el de tierra mojada que se rocía con agua en los estadios para que el terreno asiente y se evite la insolvencia que puede provocar el polvo, el del perfume dulcemente penetrante que usa la mujer estadounidense aficionada al béisbol tanto como el hombre, el de la fragancia de colonia para caballeros, y también el del aceite rancio de fritura.

Sabor a tostón, a maní, cotufa, perro caliente, al dulzor del “cepillao” y sus esencias de sabores artificiales que se sorben desde el hielo raspado y a las puertas de cada campo en el calor de una mañana avanzada, al del café recién colado de los cafeceros ambulantes y de termo al cinto.

Mientras que el ascenso a los graderíos proporciona el júbilo que trae la brisa fresca que sopla en esos estadios abiertos en medio del grito de quienes pregonan la venta temprana de un ¡pool de a 20! para apostar al anotador de la primera carrera del partido en un lance a la suerte al que en otros ámbitos y deportes denominan quiniela.

Mas el mundo ha cambiado y el béisbol con él. Las pequeñas ciudades se han tornado grandes y la pelota a la que se denomina organizada, que básicamente sigue siendo la misma en sus reglas, dejó de ser una actividad que se inicia jubilosa con un recorrido a pie hacia un estadio en los alrededores de un vecindario que para aquel tiempo lo constituía el mundo relativamente reducido de una pequeña ciudad.

La vecindad del béisbol ha crecido tanto que se ha extendido a otros países muy alejados de Norteamérica y el Caribe, como lo son Japón y Corea del Sur, pero aun en los ambientes nacionales y tradicionales se ha expandido el juego, y de ese modo el pequeño pueblo andino de Tovar tiene inesperadamente en Johan Santana a un paisano ídolo y estrella beisbolística nada menos que en la ciudad de Nueva York, capital mundial de este deporte.

 

Siempre béisbol

 

Antes y ahora el béisbol continúa acogiendo entre sus ritos inacabables varias formas de bautizo, como el que se le da al niño ansioso por ponerse en acción mediante el regalo del instrumental constituido por guante, pelota y bate que, si es que tiene buena fortuna, le trae el Niño Jesús para complacer su petición garabateada en una carta de una sola línea.

Igualmente, se puede recibir el bautismo en el chance que se ruega -¡vai dame una bateaiiita!- en un solar cualquiera de un barrio marabino para demostrarle a quienes escogen a los jugadores de equipos integrados en el terreno, que ya se sabe sonar la bola y que bien pudiera uno incorporase brioso al grupo que cotidianamente lo juega ganoso y con desbordamiento descubridor de una diversión que vincula más con los amigos y la comunidad circunvecina.

Del mismo modo, en los países pobres donde se le juega, puede ser iniciática la asistencia sin ingreso a los alrededores del grandioso estadio profesional “a ver qué se ve” de ese deporte preferido y sus figuras hasta ese momento conocidas sólo por la pantalla de TV, mientras se aguarda por la decisión de “puerta franca”… Anuncio de entrada libre para pasar al estadio por primera vez y sin pagar el ticket cuando ya el juego va avanzado y hay localidades vacías.

El béisbol doméstico, el original, el sabanero, el que se sigue jugando como “caimanera” en un baldío y compite con adversarios tecnológicos como los juegos de video que lo imitan, esa pelota improvisada, prosigue siendo lazo social y fuente abundante de ilusiones nutritivas para muchachos y jóvenes, quienes tienen en varias figuras profesionales buenos modelos de civilidad para la fantasía de soñadores que desean ser grandes y amados por su congéneres.

La vida es béisbol. Y sus hazañas son una diversión que no tiene precio para los muchachos que lo juegan con el intenso deseo de hacerse luminarias, dando lugar a una vida sana y placentera, aunque nunca se llegue a ser un profesional consumado.

 

Eternamente entre nosotros

 

Para darle respuesta adelantada a las frustraciones que las aspiraciones fallidas puedan provocar, ha de indicarse que el béisbol puede ser como un fungo -se pronuncia fongo y es un bate de fondeo utilizado en las prácticas-, pues inesperadamente puede conceder la conexión para sacarla de jonrón y hacer el grado. En otras palabras, para lograr alcanzar la profesionalidad. Y es así no obstante sus rigurosos numeritos,

La práctica del béisbol como oficio, así le advirtió alguna vez Luis Aparicio, el miembro del Salón de la Fama, a un paracorto barinés aficionado y aspirante al profesionalismo, puede semejarse a un naufragio: hay que agarrarse de cualquier tabla que se consiga en ese mar abierto para flotar y surgir.

Si se fracasa en el intento quedará la emoción eterna para el practicante muchachón que después será veterano en el juego y en la pasión de fanático. Permanece de todas maneras el recurso lúdico para su aprovechamiento en el terreno de la vida, tanto por la diversión de jugador o como de espectador de la actuación de las estrellas y sus glorias.

Hoy mediante esas actuaciones los aficionados se colman de béisbol cuando observan a las estrellas por los medios de comunicación digital. Viendo en la página de los Rockies de Colorado, digamos por caso, el magistral fildeo del jardín izquierdo Carlos González, quien en Venezuela es ficha de las Águilas del Zulia.

Y es que en esta era de la comunicación digital la pelota está ahora más que nunca entre nosotros. ¡Disfrutémosla pues!

 

 

Manuel Bermúdez Romero

 

  1. Alejandro Borges fue un periodista y comentarista deportivo de prensa y radio que laboró entre los años 30 y 40 del siglo pasado en el Zulia. Apodado como “El de las Gafas”, dirigió un programa radial llamado “Deportes en el Aire”, transmitido por Ecos del Zulia.

 

 

 

El contenido de esta crónica está basado en recuerdos y experiencias del autor como mero aficionado del béisbol, fundamento que se completó con datos obtenidos de la consulta en los materiales siguientes:

 

BIBLIOGRÁFICOS

 

Edgar Colmenares del Valle. Léxico del béisbol en Venezuela. Ediciones Centauros, Caracas, Venezuela, noviembre de 1977.

 

Geoffrey C. Ward y Ken Burns. Baseball: an Illustrated History.

Alfred A. Knopf. New York, Estados Unidos, 1994.

 

 

Paul Dickson. The Dickson Baseball Dictionary. Facts On File, New York, NY, Estados Unidos, 1989.

 

Stephen Wong. Smithsonian Baseball. Inside the World’s Finest Private Collections. Smithsonian Books. HarpersCollins Publishers, New York, NY, Estados Unidos, 2005.

 

 

ARTÍCULO DE OPINIÓN

 

Olimpíades “Pía” Linares Rivas, artículo de Jesús S. Rodríguez G, “El Manao”, abogado y profesor jubilado de La Universidad del Zulia, publicado en la periódico digital Qué Pasa.

 

AUDIOVISUAL

 

Venezuela al bate. Orígenes de nuestro béisbol (1895-1945). Documental con guión y dirección, Carlos Oteyza. Cine Archivo Bolívar Films C.A. Caracas, Venezuela, 2002.

 

Jueves, 01 de Noviembre de 2012 14:34 Manuel Bermúdez Romero #. sin tema

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gravatar.comAutor: Eustoquio Garcia

Manuel, he disfrutado inmensamente tu artículo, una verdadera narrativa de un deporte que hemos llamado Rey. Felicitaciones. Conocí a muchos de los personajes citados que hoy han desaparecido pero que ser conservan en la memoria de los miles de aficionados de aquellos tiempos.

Fecha: 02/11/2012 11:51.


gravatar.comAutor: Carlos Morrell

Hola Manuel, tengo entendido que fue Kiko Mendez quien actuo como pitcher con el Loteria u OSP. Al Kkiko lo quiso firmar La Guaira , pero su mama Jesusita le dijo Nooo..! a Padron Panza quien fue hasta Tamare,Rafael se graduo de Educador en historia o algo asi.

Fecha: 03/12/2012 19:54.


gravatar.comAutor: Manuel Bermúdez Romero

Carlos, sí es correcto. Kiko también fue pítcher de Lotería del Zulia. Es decir, los tres: F. Lazarde, R. Méndez y Kiko jugaron con Lotería. Kiko y Freddy como lanzadores y Rafael como parcorto. El dato sobre Jesusita y Padrón Panza no lo conocía.

Gracias por tu comentario, saludos y feliz Navidad.

Fecha: 03/12/2012 21:23.


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