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Contextos

Baje el volumen y suba la voz

Manuel Bermúdez Romero

 

En estos días yendo de pie detrás del conductor de un bus de transporte colectivo, toqué el hombro del chofer y le dije en voz alta, para que pudiera oírme, que el volumen de la música -un disco compacto de fiesta vallenata- lo iba a dejar sordo.

Su respuesta fue que más sordo lo dejaba el ruido del motor.

No le faltó razón al hombre porque pensé que, como yo, el resto del pasaje viajaba atormentado por la estridencia musical combinada con el ronquido del motor de la unidad. Sin embargo, nadie decía nada. Ni una queja. Por el contrario, todo el pasaje tenía apariencia conforme.

Alarma esa conformidad porque pareciera que nos hemos acostumbrado a un nivel de volumen sonoro que es mucho más alto que el necesario para lograr la audibilidad correspondiente a cada ambiente, y porque somos perturbadoramente abusadores en relación con el derecho del prójimo al disfrute de silencio reparador.

También por estos días estuve yendo a un buen club caraqueño y al salir de nadar, me topaba con un programa vacacional para niños a quienes entretenían con la audición y baile de música a demasiado volumen e inadecuada por sus sones y ritmos (piezas para rumba de adultos). Dos o tres veces me detuve y pregunté a los jóvenes dirigentes de la actividad si percibían que el tono era muy fuerte y la música inapropiada para los infantes, sobre todo teniendo Venezuela tan buena cosecha de música infantil.

Me resultó -mi gesto franco- como hablarle a animales No se inmutaron. Los muchachos me ignoraron absolutamente. Y me dejaban con la angustia de ver cómo se anula el oído musical de los chicos.

Una joven sobrina a quien -dicho sea de paso- le encanta cantar, escuchando mi queja me advirtió diciéndome un día… tío ¡ya verás! Este sábado tendremos en el edificio música a todo volumen desde las seis de la tarde hasta las doce de la noche, pues está prevista una fiesta infantil. Dicho y hecho, ocurrió tal cual me anunció.

De un modo parecido suele ocurrir cuando se organiza maratones. Es por la bullaranga que se hace con música “a todo dar” que presumiblemente se difunde para crear ambiente entusiasta (?). Es un ruido que además de despertar a los vecinos muy de mañana, los saca de la cama con comprensible molestia y mal humor. Para remate, los maratones se efectúan habitualmente en domingo y el último que perturbó el placentero despertar de los habitantes de El Rosal, en Caracas, lo organizó Gatorade, marca que pareciera no toma conciencia de que afecta su imagen, pues finalmente destruye con música estridente, lo que desea construir promoviendo deporte.

Si usted va al cine, el volumen de los cortos o trailers es ensordecedor. Las paredes retumban, las sillas se estremecen, la pantalla vibra, nuestros oídos parece que van a estallar… y el público asiste mudo, expectante, indiferente, acostumbrado, sin protesto.

Este tema y su consecuencia en salud mental y respeto por la paz ciudadana, a las autoridades no parece interesarles, no obstante que ocurre así en toda Caracas. Y está presente a toda hora por el excesivo “corneteo” automotor y los penetrantes pitos de los motociclistas abriéndose paso a como dé lugar en la cotidiana congestión de tránsito.

Hace muchos años -el atropello no es reciente- fui un sábado por la mañana hasta un liceo cercano al edificio de apartamentos donde residía, para pedir a la dirección que bajase el volumen de la música. La respuesta que me dieron fue que el evento estaba “permisado” y me sacaron en demostración la correspondencia de autorización avalada por la autoridad municipal. Son autoridades que pareciera desconocen que el ruido es contaminación.

En una ciudad ensordecedora, como Caracas, debe haber ordenanzas reguladoras de la emisión de sonidos perturbantes. La comunidad anhelante de tranquilidad y descanso lo agradecerá sobremanera y se reflejará en votos a favor en cada elección de alcaldes y concejales.

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9 comentarios

Manuel Bermúdez Romero -

Oportuna tu prosa poética, Denise, para describir y denunciar la mala costumbre de la escucha ruidosa.

Los taponcitos son una práctica solución, mas debemos organizarnos para rebelarnos pacíficamente contra el ruido.

Denise Morales -

La cultura del Ruido nos ha ido arropando y adormeciendo nuestros niveles sutiles de percepción. Los ríos callaron, las paraulatas enmudecieron, los niños son premiados por gritar más fuerte en la excursión al jardín botánico y el oleaje marino quedó abrumado ante los decibelios de los mega equipos de sonido en las playas.
Yo uso taponcitos en mis orejas algunas noches y otras veces sencillamente pido perdón a la Vida por tanta polución.

Manuel Bermúdez Romero -

POR FUERA DE LA BITÁCORA EL HISTORIADOR SALAZAR ZAID, OPINÓ:

Estimado Manuel:
El problema del exceso de ruido se agrava porque la bulla que nuestra niñez y juventud oye y que llaman música, es importada de Colombia, México, Estados Unidos y parte de Europa, por lo mismo desconocen totalmente la variada gama de estilos musicales que existen en el país. Solo se salva de ese olvido la gaita y sin embargo la están tergiversando agregándole instrumentos nuevos muy utilizados en el toque de la salsa que aunque es muy de todo el Caribe no es de nosotros.
Lo que más odio en esta vida eso que llaman música y que tiene le nombre de reggaetón o algo así por el estilo y después le sigue el vallenato.
Nunca en México oiremos un programa radial con música venezolana, igualmente en Colombia. Sin embargo, a nosotros nos levanta todas las mañanas una emisora con un escandalo compuesto de música de esos dos países en un programa que se llama "AQUÍ MÉXICO Y COLOMBIA".
Es triste ¿Verdad?

Saludos

Manuel Bermúdez Romero -

Así es amigo Pascual. Tengo una amiga que sostiene que las marchas de la oposición en lugar de protestar pareciera que festejan -debido al tipo de música la música que difunden- la calamidad de tener al chavecismo en el poder.
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Manuel Bermudez Romero -

Asì es amigo Pascual. Tengo una amiga que sostiene que las marchas de la oposición en lugar de protestar, debido a la música y su estilo, pareciera que festejan la calamidad de tener al chavecismo en el poder.

Pascual -

Un abrazo don Manuel, esa cultura del ruido que Ud alude esta esparcida en todo el país, es correcta la apreciación de que a las autoridades no les importa. En el pueblo donde vivo, la alcaldía organiza mitines, concentraciones, mercados populares o lo que sea debidamente amenizadas por música estridente, interrumpidas de vez en cuando por truenos del difunto, arengando a los presentes y así es en muchos otros lugares. La Plaza Bolívar de Puerto La Cruz es de terror, me cuentan los que viven en esa ciudad.

Manuel Bermúdez Romero -

Hola Elsa, te agradezco el dato. Es de suponer que sí, que existen esas ordenanzas y no las aplican.

Quizá temen hacerse impopulares, porque a mucha gente pareciera agradarle la estridencia.

Es un retroceso, no se si recuerdas que mamá contaba que en Maracaibo, cuando ella era joven, las fiestas familiares no podían pasar de las diez de la noche, y a quien no acataba la ley le llegaba la policía a ordenarle suspenderla.

Cuando uno anda de peatón, como estoy en este momento, el "corneteo" golpea y te das cuenta de lo estúpido que es pensar que el congestionamiento automotor se aliviará al cornetear. Por así somos, y hay que promover la cultura del silencio para hacer menos tormentosa nuestra existencia.

Elsa -

Hola Manuel,

Por supuesto que las ordenanzas existen, por lo menos en Baruta la hay, el problema es que no se uso de ellas.

La de Baruta es casi que de un país de primer mundo, pero de nada sirve, si no se aplica. Tengo copia de la misma, si te interesa o la puedes buscar en las Gacetas Municipales del Estado Miranda, Municipio Baruta. Es Número Extraordinario: 260-09/2007 de fecha 18 de septiembre de 2007, ORDENANZA DE CONTAMINACIÓN POR RUIDOS DEL MUNICIPIO BARUTA.

Si se le diera el uso debido, viviríamos en un ambiente más apacible.

Saludos

Marianne Marrero -

Estimado Manuel: esta cultura del ruido en nuestro país se extiende a muchos otros lugares, a tiendas, restaurantes,espacios públicos como el Metro de Caracas, por ejemplo, donde se hace difícil estar sin sentir incomodidad. Lo peor es que, si uno se queja, es mal visto. Siempre he pensado que el tema forma parte del temor que los humanos tenemos ante el silencio porque nos hace escuchar nuestra propia voz, sin duda el silencio es más difícil de manejar que la palabra. Así se sustenta la cultura del audífono, tan popular entre los jóvenes.
Sí existen ordenanzas municipales para regular el ruido público y tenemos derecho a reclamar a las autoridades para que las hagan cumplir. En el lugar donde vivo la asociación de vecinos se moviliza activamente al respecto y ha encontrado apoyo en la Alcaldía correspondiente, en este caso la de Sucre.
Saludos cordiales,
Marianne
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