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Este es mi país

Este es mi país

¿Ha visto usted alguna vez a un suicida en su intento?

Lo ha visto en la desesperación de optar por la muerte. Lo ha visto en vivo… Cerca de usted, a pocos metros, entre la gente común que se arremolina en la calle para ver cómo se despedaza en el pavimento al final de su caída. ¿Ha pensado en cómo procedería usted al ver a un ser humano intentando un suicidio? 

Yo vi uno una vez en el centro de Caracas que estaba montado en la azotea de un edificio de algunos siete pisos. Estaba él de pie al borde del pretil y amenazaba tirarse.

Imagínese ahora que habría hecho usted de haber estado más cerca de aquel hombre. Qué le hubiera dicho de haber podido escucharle el suicida. Piense por un instante qué sentimientos le provocaría la imagen del aquel hombre dispuesto a lanzarse y acabar con todo.

Caminaba, no recuerdo en qué diligencia, en un día de labor, por la avenida Universidad en el centro de Caracas. Era plena la luz del día y debía andar en algún asunto de relaciones con la prensa. Caminaba rápido por la acera cuando vi en la esquina próxima a un grupo de personas en un torbellino gritando hacia el cielo. Troté para ver qué ocurría y cuando llegué observé en lo alto a un tipo que quería acabar con sus días.

No pude ver mucho a quienes estaban en el grupo de personas que miraban y le gritaban al hombre. Quizá había allí mujeres que se compadecían de aquel ser humano; pudo estar en el lugar alguna anciana que rezaba de corazón para aliviar la desesperación del hombre en el borde de su existencia.

No me detuve a mirar a mi alrededor para ver con detalle cuál era la composición del grupo y el comportamiento individual. No lo pude hacer -debo decirlo- porque mi apuro no lo permitió, porque la velocidad de la vida no nos deja detenernos ni siquiera para darle la mano a alguien cuando más la necesita, pero por sobre todo, debido a las expresiones que los hombres de abajo en el grupo le gritaban al suicida en potencia.

¿Imagina usted que le gritaban?

Solamente imagínelo. Si no estoy perdido en otro planeta, presumo que usted supondrá que le gritaban mensajes para persuadirlo de su intento, para convencerlo de su error, para conminarlo a vivir, para hacerle sentir que alguien le demostraba aprecio por lo menos por unos minutos, para prometerle que subirían a rescatarlo o que habían llamado a los bomberos para socorrerlo.

Escuché los gritos sólo por un rato y tuve que irme más rápido de lo que andaba. Al pobre hombre, imagino que postrado de terror, la gente le gritaba desde abajo repetidamente: 

-Tírate coño e’ madre.  

-Termínate de tirar cabrón. 

-No seas cagón, tírate. 

-Ah no… Eso es un show, ese sujeto todos los días está en lo mismo –comentó otro de los que hacía rueda en el improvisado circo. 

Traigo al papel este detestable recuerdo porque es una imagen de mi país y desmonta falsedades publicitarias sobre lo que somos. Es una imagen que habla de cómo actuamos y de lo que tenemos que hacer para educarnos en la humanidad y salvarnos del hueco profundo hacia donde va nuestra sociedad.

 

Rememoro este acontecimiento porque el comportamiento de esa masa desalmada ante la desesperación del suicida, es similar a la de quienes celebraron por TV la caída del viaducto número 1 de la autopista Caracas-La Guaira y, en el colmo del cinismo, la aplaudieron.

Se ha venido abajo por la desidia gubernamental de todos los tiempos una obra de ingeniería avanzada y de incalculable beneficio público, y se festeja su muerte.

Nadie venga a decir que quienes hacían rueda festiva en el sitio donde pudo haber caído el cuerpo destrozado del suicida, seguramente eran lateros y huelepega.

Era gente de apariencia como la de usted y como la mía, pero con el alma podrida. Es el mismo espíritu dañino de quienes hoy festejan la caída del viaducto y la aplauden.

Es el acomodo indolente que buena parte de nosotros asume cuando está en la buena, tiene la barriga llena y el bolsillo repleto, y entonces el padecer del colectivo nos importa un comino.

Es la verdadera alma nacional. El alma corroída de casi todos nosotros, que nos cuesta tanto reconocer y que a su vez demuestra cuán falsos somos.

Reconozcámoslo y empecemos cada quien por hacer esfuerzos para cambiar desde adentro de nosotros mismos. Así cambiará el país.

Manuel Bermúdez Romero 
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