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Antepasados

Antepasados  

Desperté repentinamente. Sentí como si alguien me hubiese zarandeado, pero no me sobresalté. Me estiré para desperezarme, tanteé en medio de la oscuridad en la mesita cercana y extraje un cigarrillo de la cajetilla. Del mismo modo encontré las cerillas y encendí uno que me estragó con su amargor a la primera bocanada y lo apachurré en el cenicero. Vi contra mis ojos en la penumbra las agujas de hueso de mi reloj de pulsera marcando la hora: eran aproximadamente las 3:15 de la madrugada. Por impulso espontáneo me levanté de un salto de la cama y fui hasta la ventana para observar la noche. Al descorrer la cortina para mirar, me sorprendo al observar bajo el alero de tejas que un sujeto desarma el picaporte de la puerta lateral de la casa. Me deja ver su silueta y la maniobra, el resplandor de las estrellas proyectando luz desde los pozos de agua que en el jardín sin césped había dejado la lluvia. Ya había abierto el ladrón la reja de seguridad y está entrando al instante en que lo observo por una línea que dejo en la cortina al retraerla. Me lleno de terror y la peripecia me inquieta en exceso. Vivo soltero aún -el penúltimo de una prole numerosa- con mi madre viuda que duerme sola en uno de los otros dos cuartos. Inmediatamente pienso en la navaja reliquia de mi tío Telésforo, quien fue dado a la cacería. El cuchillo que está en la gaveta más baja del ceibó. Acaricio la empuñadura nácar, me pregunto cómo sujetar firmemente aquella superficie lisa, ¿de qué lado coloco el filo?, si no me cortaré al usarla; me armo también de valor y salgo en busca del ladrón. Sigiloso y atemorizado hasta los tuétanos, tomo el pasillo que alinea las habitaciones. Aparentemente no hay nadie en el corredor. Registro con la vista en las sombras de cada rincón, atiendo a los ruidos que yo mismo invento, quiero oler el aire para que me dé una pista. Las manos y mi estómago son de gelatina y me detengo para controlar el estremecimiento y la respiración que me aceleran torpemente las acciones; muy despacio inhalo oxígeno y avanzo descalzo y a pasos lentos de gato sigiloso. Puedo ver que la puerta de la habitación de mi madre está semiabierta, recojo lo más que puedo mi abdomen y me lo pego al espinazo, me introduzco despacio sin tocar la hoja de madera y, adentro, me doy cuenta de que soy un hombre muerto. No veo mis manos frente a mis ojos y, adaptado a la penumbra, el malhechor debe estar cazándome. La costumbre de mi madre de colocar una tela metalizada para resguardar la cortina textil de la fiereza del sol, no deja por la noche colar ni una sola hebra de luz. Estoy razonando sobre ese riesgo cuando una voz apaciguante me dice al oído:

“Soy tu tía Josefinita. Echémosle brío, que yo te voy a dar claridad”.

Apenas empiezo a ver el rectángulo de la cama donde duerme mamá.

“Cuidadoso avanzá tres pasos -me dice la voz- e impulsá fuerte el puñal desde abajo, se apresura a advertirme, no por arriba. Bajá el brazo, los cuchillos se sacan desde abajo”...

Y así lo hice con ganas y se oyó un huumm... Sentí en mi mano la lámina del metal entrando fácil en una blandura visceral que se desgarró, se abrió y brotó.

“Afirmáte sobre tus pies y dale otra vez, que está vivo”...

Asesto rápido el mismo movimiento dos veces más, y la primera vez rompo algo frágil que se quiebra; en la segunda oportunidad penetro en un vacío, cerrado y duro como si hubiese tocado al final un hueso que está muy al fondo. Veo mejor la figura. Hay sensación de calor y humedad en mi mano empuñada, se desploma sólido un fardo y se desvanece al mismo tiempo el peso de la presencia que está a mi lado. Escapa de carrerita por la puerta a la izquierda y en las sombras, el rasgo vaporoso de una mujer lánguida; de moño largo recogido sobre las espaldas; camisa clara cerrada al cuello con un vuelo generoso, mangas largas y falda de un color impreciso de medio paso que le cae bajo las rodillas.           

Mi madre se despierta con el golpe y el sacudimiento del hombre sobre el colchón. Enciende la luz de la lamparilla y aterrorizada ve ahogada en silencio a un tipo rubio y maltrecho echado boca abajo a sus pies en la cama y sangrando, y -de pie a un lado- me observa a mí con la navaja enhiesta en la diestra.           

–Fue tía Josefinita -atino a aclararle- que me vino a socorrer.           

–Hijo ¡por Dios! ¿Cómo que mi tía Josefinita? Ella murió hace más de veinte años y tú ni siquiera la conociste, sentenció mi madre.

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